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05/08/2008
No sólo sucede en Italia: En España también se permiten cacicadas con la excusa del "tema del botellón"

Leo en Menéame que en Novara (Italia) el alcalde ha prohibido las reuniones de 3 ó más personas en los parques. La primera reacción ha sido pensar lo mal que están yendo las cosas últimamente en Italia, donde a veces da la sensación de que las actitudes fascistoides/dictatoriales van ganando fuerza. Sin embargo algunos de los comentarios de ese meneo, como éste, este otro, y algunos similares me han hecho reflexionar y me han dado la pista de los siguientes links. Avanzo la conclusión: en nuestra mismita España venimos padeciendo actitudes similares a la de este meneo sobre Italia. Y no ahora en 2008, sino desde hace más tiempo. Algunos ejemplos:
En Sevilla:
Vídeo (2 minutos) de lo ocurrido en enero de 2007: youtube-sevilla
Post de un interesante blog concienciado sobre el tema, explicando el vídeo anterior: http://lacalleesdetodos.blogspot.com/2007/01/urgente-heridos-y-retenidos.html
Otro artículo más reciente del mismo blog, también en Sevilla.
En Madrid:
Ya con un tema diferente, pero relacionado por la actitud desmedida y dictatorial de algunos policías: relato de un abuso policial.
Y esto es todo. Solo expresar mi indignación ante hechos así (sean en Italia, en España o donde sea) y mi deseo de que los ciudadanos seamos informados de este tipo de sucesos y sepamos organizarnos para frenar estas actitudes tan poco democráticas. ¡Debemos dar la cara y no dejarnos pisotear! Entre la persecución a la música/cine (los p2p) y sucesos como éstos, da la sensación de que las corrientes más duras del capitalismo tratan de ganarnos la batalla. Seamos conscientes de esto y veamos si podemos hacer algo para impedir el recorte de más libertades.
Saludos; y gracias al blog http://lacalleesdetodos.blogspot.com/ por ser tan activo con estos temas. Si todos nos concienciamos, quizás estemos a tiempo aún de hacer algo, antes de que Europa se vuelva mucho más restrictiva en cuanto a nuestros derechos.
26/06/2008
¿Se debería cambiar la ley para crear el delito de "apología de la pedofilia"?
Algunas noticias recientes han levantado polémica respecto al tema de la pedofilia/pederastia (recordemos que la pedofilia es la atracción sexual hacia los niños y no es delito; la pederastia en cambio es el abuso sexual cometido sobre niños y es un delito tipificado en el Código Penal). Especialmente el chisme sobre el "día del orgullo pederasta", una pésima traducción de "International Love Boy Day", ha despertado tanta indignación que ya hay voces que piden la creación de un nuevo delito: "apología de la pedofilia".
El motivo para la creación de tal delito parece ser el hecho de que al analizar la página de la famosa convocatoria del "International Love Boy Day" con la intención de cerrarla, ha sucedido que dicha página no vulnera la ley, tal como se ha comentado a lo largo del día de ayer y hoy, por ejemplo en El Mundo: La Guardia Civil no ve indicios de delito en la convocatoria del Día del Orgullo Pederasta (una vez más haciendo uso de la pésima traducción), o en artículos como el siguiente: Hacer apología de la pedofilia no es delito en España.
Tal como menciona el segundo artículo:
La apología de la pedofilia en España no es delito. La web donde se convocaba el día del orgullo pedófilo podría librarse de toda consecuencia legal.
El Grupo de Delitos Telemáticos de la Guardia Civil tras analizar la web que convoca el International "Love Boy Day", por orden de la Fiscalía General del Estado, no ha encontrado indicios de delito porque la mencionada página no exhibe de forma explícita imágenes pornográficas ni abusos a menores.
El tema, por lo tanto, es que se pretende censurar un tipo de web que es legal. Los prejuicios pesan más que la legalidad y si la web que nos indigna resulta ser legal, entonces se pide que se cambie la ley para así poder cerrarla.
Tras unos días de polémica e indignación, finalmente se ha descubierto que La convocatoria para el "día del orgullo pedófilo" era para 2006. Una iniciativa para encender unas velitas azules el 24 de junio de 2006 ha sido convertida poco menos que en una especie de caos informativo: parece que nos gusta el sensacionalismo, especialmente en época veraniega.
Supongamos que creamos ese nuevo delito: "apología de la pedofilia". Entonces habría que definirlo claramente, ¿en qué casos se podría aplicar? ¿Para qué serviría?
No sería un delito relevante para cerrar páginas de pornografía infantil, pues éstas pueden ser cerradas con la legislación actual (sería entonces redundante). Parece que los tiros van por otro lado: poder censurar páginas donde los pedófilos expresan sus inquietudes, opiniones, etc. Páginas legales (por eso se pide crear el nuevo delito, para tratar de ilegalizarlas). ¿Pero hasta qué punto es ético censurar a los pedófilos que no infringen la ley? Ellos tienen tanto derecho como cualquier ciudadano a expresar sus inquietudes, tienen foros especiales donde hacerlo (foros legales) ya que en otro tipo de foros los insultos no dejan sitio para ellos. ¿Es ético limitar la libertad de expresión cuando quienes la usan son personas que detestamos?
Un ejemplo práctico: ¿se aplicaría la ley de "apología de la pedofilia" a los debates sobre cambios en la ley? Los pedófilos suelen debatir sobre cambiar la edad legal del consentimiento sexual en los menores de edad, ya que en cada país es una edad diferente (en España son los 13 años, en otros países son los 16, incluso los 18 años). Puede que no nos gusten ese tipo de debates, pero todo debe ser debatible, incluso las leyes: de lo contrario, ¿cómo podríamos proponer mejoras en cualquier ley, si no la debatimos primero?
La sensatez nos dice que debiéramos perseguir los delitos, y no las opiniones o debates. Pero las emociones están cegando a algunos, que piden indignados el cierre de los foros pedófilos, y el hecho de que sean legales no les hace retroceder. La secuencia es: 1) Quieren cerrar las webs pedófilas. 2) Pero estas webs, una vez sondeadas, resultan ser legales, y llega esta respuesta. 3) Entonces se pide que se cree un nuevo delito, a fin de poder cerrar ese tipo de webs legales.
Hay más matices: algunos piden que se considere "apología de la pedofilia" los relatos escritos sobre relaciones paidófilas. Esto afectaría al mundo de la literatura (Lolita de Nabokov, y múltiples webs de relatos que hay en internet), ya que si la histeria social contra la pedofilia convierte en delito los relatos, entonces tanto mayor motivo para perseguir los relatos sobre asesinatos (Agatha Christie, novela negra... y con mayor razón las películas de cine). Me parece que iniciar este camino nos llevará a situaciones bastante absurdas.
Considero mucho más sensato respetar la libertad de expresión incluso de aquellos que detestamos (los pedófilos) y simplemente actuar contra aquellos que infrinjan la ley. Pero expresar opiniones o charlar de cualquier tema no debería ser considerado (en mi opinión) delito. En cualquier caso, el debate está abierto y la sociedad como conjunto va a optar por un camino u otro. Respetaremos la libertad de expresión o cederemos a nuestras emociones, a la paranoia social, creando nuevos delitos que alcancen a cada véz más ciudadanos. Y gradualmente el mundo cambiará (a mejor o a peor); en cualquier caso viviremos en el mundo que nos merezcamos. Un mundo de libertad o un mundo histérico y paranoico. La elección está en nuestras manos: las actitudes que tenemos cada día son el granito de arena que aportamos.
¿Se debe crear este nuevo delito de "apología de la pedofilia"? Habrá que debatir el tema, sopesar las razones. Arriba he dado algunos puntos para la reflexión y somos cada uno los que debemos sacar nuestras propias conclusiones.
13/02/2008
Pedófilos y panfletos
Artículo del catedrático Juan A. García Amado comentando una noticia aparecida hace unos días en El País (el link a la noticia aparece en el artículo de García Amado). Hace unas reflexiones agudas sobre los extremos a los que estamos llegando en nuestros medios de información, desde el punto de vista de los derechos y la legalidad.
Copio el artículo tal cual (al final pondré el link a la fuente de donde lo he copiado):
Esto parece asunto de dinámica de fluidos o cosa así. Lo que sueltas por un lado entra por otro. Mucho cuento con que liberalizamos esto, reconocemos derechos donde antes había delitos e implantamos tolerancias donde antaño campaban las condenas morales más terminantes. Y está muy bien. Ahora los homosexuales pueden casarse, que el alcalde los bendiga. El adulterio no es delito, como fue, y se va institucionalizando domesticadamente en locales especializados en amor a cuatro manos o más. Alabados sean los tiempos. Se persigue con saña el “la maté porque era mía” y se agrava lo que antes era atenuante, loado sea el legislador. Débitos a la fuerza no se admiten, salvo con Hacienda, y hasta en el matrimonio el apareamiento tiene que ser plenamente consentido por entrambos comparecientes, cosa que se agradece.
Pero, ojo, con alguien hay que tomarla. Si resulta que todo el mundo es bueno, a ver contra quién nos unimos. Necesitamos felones, se buscan malvados para compensar tanta apertura y tanto dejar hacer al albur de cada cual. No vaya a ser que de tan liberales acabemos en la acracia. Por eso no sé qué va a ser de nosotros el día que no haya terroristas; habrá que inventarlos, obviamente. Pero el terrorista es excusa necesaria para que aceptemos descalzarnos hasta para subir al tren y que nos pongan cámaras en cualquier esquina, nos graben, nos espíen los de la TIA, se desfoguen oposiciones y mientan gobiernos. Pero, con todo y con eso, tampoco nos van a convencer de que en cada esquina de nuestro barrio hay un etarra atrincherado y en cada parque un suicida por Alá con el ombligo tuneado de dinamita. Así que hace falta algo más, el Coco, el Hombre del Saco, el Yeti, un primo segundo de Jack el Destripador; lo que sea, pero malo malísimo, hipermegasuperpeligroso y que asuste un güevo a la gente de orden y a los apolíticos que no se enteran apenas de que los terroristas nos van a matar a todos pasado mañana. Pues ya está, lo tenemos, el nuevo Coco es…, el pedófilo.
Los que estén un poquillo leídos, que son todos los habituales de este blog, recordarán lo que decía de los judíos la propaganda nazi-fascista: que, entre otras muchas atrocidades, usaban bebés para sus ceremonias diabólicas y hasta se los comían, vuelta y vuelta. Ahora andar asustando con los judíos queda feo, salvo que aspires a gobernar en Irán o te obnubiles en Bloque. Pero lo de los comeniños es una idea que no se debe echar en saco roto. Así que a acongojar a la gente con los pedófilos. No permita que nadie le haga una carantoña a su niño, lleve a su bebé con cinturón de castidad, desconfíe de aquel vecino que le sonríe a su Jennifer Alexandra cuando la va pasar para el cole con los leotardos de Ágatha Ruíz de la Prada. Qué digo pasar para el cole, ni se le ocurra dejar que ella camine solita cincuenta metros por estas ciudades atestadas de violadores de menores, no le permita que tome un bus si no es usted un desalmado consentidor y candidato a perder custodias y respetos vecinales. Ojo con el profesor de educación física, no vaya a estar fijándose en el culete de su Borja Kevin, atentos con la directora de las Carmelitas, que puede ser una lesbiana reprimida que tiene sueños lúbricos con su Melanie, mucho cuidado con el primo del pueblo, que puede estar aburrido de la cabra y, ya metido en el vicio, hacerse ahora minorero.
Claro, no vamos a ponernos a pensar que el riesgo mayor y más real es que un coche se lleve por delante a nuestro vástago el día que estrena la bici que le trajeron los Reyes (Magos, ojo), ya que no hay carriles para bicicleta ni cosa que se le parezca. No vamos a creer que se nos puede descuernar en una alcantarilla sin tapa o a partirse la crisma en el socavón de unas obras mal protegidas. No, no, lo atroz de verdad es que pueda venir un criminal y hacerle unas fotos con el pirulín al aire o haciendo caca en su orinal nuevo, y las cuelga en internet y miles de asesinos de niños se hacen pajas. Uy, eso sí que es terrible. Pena de muerte ya, con castración previa; que digo, lapidación y que se claven las cabezas en los mástiles de las banderas del ayuntamiento, y, de paso, no discutimos sobre cuántas tiene que haber y por qué orden.
Echen un vistazo a lo de El País, que no tiene desperdicio. El título ya promete: “Pederastas: mucho ruido y poca cárcel”. Resulta que en España han detenido a mil pedófilos en los últimos cuatro años y en la cárcel hay solo treinta. Intolerable. La supuesta información es, para empezar, indecente. A éstos periodistas así sí que habría que darles unos latigazos y luego echarlos al mar con una piedra de molino atada a los cojoncillos. No dicen cuántos han sido juzgados y cuántos condenados a penas del tipo que sea, sino que hablan de que sólo treinta de los mil detenidos han ido a la trena. Dando a entender que si te detienen por pedófilo eres culpable sin duda, sin error posible, y que, además, si eres pedófilo hay que encerrarte, sea lo que sea lo que hayas hecho. Por ejemplo, si has mirado unas fotos en internet, a la cárcel. Creo que los penalistas llaman a eso Derecho penal de autor. No se castiga a una persona por lo que ha hecho, sino por lo que es y por lo que puede llegar a ser. Los degenerados a la cárcel, preventivamente, por si acaso. ¿Y cómo sabemos quién es degenerado? Por indicios, por las maneras que apunta. ¿Ves ese de ahí que se ha ofrecido para bañar a su sobrinita? A prisión de inmediato, por cerdo y pervertido. ¿Y la presunción de inocencia? ¿Y el in dibuo pro reo? Ah, eso sólo para los políticos acusados de corrupciones y tropelías varias. Ahí sí que funcionan las cosas al revés: en cuanto un juez te absuelve, aunque sea porque la prueba era tan ilegal como materialmente contundente, porque prescribió el delito o porque se instruyó mál el caso (pon que metió mano Garzón), tal absolución significa que ontológicamente eres inocente y ni robaste ni es concebible que un ser como tú pueda robar jamás. Le pasó a Zapalana, v.gr; y a muchos más. Impolutos. No hay peligro de que venga El País diciendo que hay mil políticos corruptos sueltos por ahí y que a la cárcel sólo han ido dos.
Nos meten el miedo en el cuerpo con el aumento de los pederastas y tal aumento se explica porque hay cada vez más vicio y la gente ve cada día más pornografía y quiere probar y ver cosas nuevas. Eso lo dice El País, no L´Osservatore Romano. Miren estas cuentas: “En 2003 se detuvo a 84 personas, en 2007 la cifra empieza a ser significativa: 677. En los cuatro últimos años, los detenidos suman 974”. Engañabobos total. ¿Cuáles son los últimos cuatro años? ¿Del 2004 al 2007, ambos incluidos? Si en ellos los detenidos fueron 974, de los que 677 corresponden al 2007, tenemos que los otros tres años, del 2004 al 2006, salen a 99 detenidos. O sea, que la cifra mantiene más o menos estable hasta que el año pasado medio país se descubre pedófilo y la policía no da abasto. No cuela. Más bien alguien debería estar preguntándose qué o quién hace que en el 2007 toque asustar a la gente con la pedofilia. Y, de paso, averigüemos también cuántas de esas detenciones acabaron sin procesamiento porque no había materia criminal y cuántas terminaron en absolución porque o no se daba ningún tipo delictivo o no había pruebas. Cuando tengamos todas las cifras y éstas provengan de fuente fiable, hablamos en serio y vemos.
Ah, pero el periódico no está para sutilezas. Todos a la cárcel. Qué juicios ni qué leches, qué pruebas ni qué niño muerto. Glup, miren qué expresión tan políticamente incorrecta. Qué te apuestas a que me trincan a mí también por decir palabrotas ofensivas para los infantes. El amarillismo del reportaje es tan manifiesto que miren cómo empieza el párrafo siguiente a ése de las cifras-trampa: “La epidemia puede llegar a nuestras casas. ¿Qué seguridad tiene usted de que su hijo o hija no esté en contacto con un pedófilo a través de Internet?”. Sigan leyendo por sí mismos y verán qué pánico más idiota nos quieren contagiar. Resulta que nuestros hijos son tontos de baba y en cuanto en el chat algún cantamañanas les dice que se saquen las partes ante la webcam, ahí los tienes, con todo al aire, pero con remordimientos. Y luego no duermen, los pobrecitos, y tienen pesadillas. Y todo porque el pedófilo de guardia ha conseguido las claves de sus ordenadores y ha podido acceder a sus tremendos secretos. Y, claro, chantajeado, el pequeñín se saca la pilila y lo que le manden.
Ya ven qué curiosos deslizamientos. Nos hablan de pedófilos y nos ponemos a pensar en esos casos verdaderamente terribles en que un tipo secuestra, viola y mata a un menor. Cosa que ocurre rarísimamente. Nos dicen que a la cárcel con los pedófilos y pensamos en esos casos, con todo fundamento. Pero luego resulta que no, que nos están hablando de pedófilos que con artimañas consiguen que nuestros hijos se saquen las partes ante la webcam. Y a ésos hay que mandarlos a la cárcel igual que a los otros, por lo que se ve. Y a los que ven esas fotos así logradas también hay que meterlos entre rejas. Supongo que también habrá de hacerse lo mismo con sus parientes, por si la cosa es genética. Y también imagino que cuando en las cárceles no se quepa y nos convenzamos que lo de los juicios con garantías son lentos, caros e ineficaces, organizaremos unos campos de concentración y los mandaremos para allá. Guantánamos para pedófilos, mira qué bien.
Vean los dos últimos párrafos de ese reportaje que firma un tal Luis Gómez, que los dioses confundan:
“Las asociaciones demandan mayor contundencia en las condenas. Solicitan, incluso, que exista un registro de pedófilos. ¿Dónde están?, ¿qué hacen?, ¿reciben algún tratamiento después de haber sido detenidos? Mil pedófilos han vuelto a sus casas y nada se sabe de ellos.
En media docena de casos, el asunto quedó definitivamente cerrado: el pedófilo se suicidó tras la detención. Fue el caso de un profesor de inglés miembro del Opus Dei. Vivía solo pero compartía su vicio con otros. Una tarde, mató a su perro. Luego, tomó el coche y se empotró contra un muro”.
No se puede decir más en menos espacio. Mil pedófilos andan sueltos, vigilemos. Menos mal que al menos con seis ha pasado lo mejor: están muertos. Fíjate, uno hasta era del Opus Dei. No tengo ninguna simpatía por el Opus, pero esto es jugar sucio. ¿Y los otro cinco de qué eran? ¿No habría algún militante del PSOE o de IU o de los Premios Goya, o es que sólo la derechona católica se tira niños? Como muestra de lo malísimos que son esos tipos, un detalle más: ¡mató al perro antes de matarse él!
Qué alivio que seis ya sean fiambres. ¿Qué tal si vamos pensando en cargarnos nosotros, con pena de muerte legal o por la brava, a los otros novecientos noventa y cuatro pedófilos que andan sueltos?
Ah, y por cierto, las cifras siguen bailando al buen tuntún. ¿De dónde han salido esos mil? Pedir rigor al periodismo-basura y honestidad al amarillismo ramplón es pedir peras al olmo.
Hala, majetes, mis queridos amigos penalistas, a indignarse como si esto lo hubiera dicho Jiménez Losantos y a escribir cartas a El País como si lo hubiera publicado La Razón. Ahí os quiero ver.
Posted by Garcia Amado, en domingo, febrero 03, 2008
El link al artículo original está accesible haciendo click en la fecha que sale al final del artículo.
Un par de artículos relacionados con éste:
1) La caza de brujas del siglo XXI: demonizando las descargas por internet
2) Los peligros de la irracionalidad: El caso Ingram
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10/02/2008
No hay diferencias estadísticamente significativas entre la moral de los ateos y la de los creyentes religiosos
Lo que sigue es un fragmento del libro de Richard Dawkins "El espejismo de DIOS", un trocito del capítulo 6, "las raíces de la moralidad: ¿por qué somos buenos?". Contiene unos interesantes dilemas o tests morales, ante los cuales cada persona puede plantearse qué decisión tomaría de encontrarse en circunstancias semejantes. Espero que os guste. Y si sirve para reflexionar, tanto mejor.
Si nuestro sentido moral, como nuestro deseo sexual, está efectivamente enraizado profundamente en nuestro pasado darwinista, la religión de los depredadores, podríamos esperar que la investigación de la mente humana revelaría algunas verdades universales morales, salvando las barreras geográficas y culturales y también, decisivamente, barreras religiosas. El biólogo de Harvard Marc Hauser, en su libro Mentes morales: cómo la naturaleza diseñó nuestro sentido universal de lo correcto y lo incorrecto, ha desarrollado experimentos originalmente sugeridos por los filósofos morales, a lo largo de una fructífera línea de pensamiento. El estudio de Hauser servirá para el propósito adicional de introducir la forma en la que piensan los filósofos morales. Se plantea un dilema moral hipotético, y la dificultad que experimentamos para responderlo nos dice algo sobre nuestro sentido de lo que es correcto y lo que es incorrecto. En lo que Hauser va más allá de los filósofos es en que él, en realidad, realiza encuestas estadísticas y experimentos psicológicos, utilizando cuestionarios en Internet, por ejemplo, para investigar el sentido moral de personas reales. Bajo este punto de vista, lo interesante es que la mayoría de la gente toma las mismas decisiones cuando se enfrentan a esos dilemas, y su acuerdo sobre sus decisiones es más fuerte que su capacidad para aducir sus razones. Por esto deberíamos esperar que si tenemos un sentido moral que está construido en nuestros cerebros, como nuestro instinto sexual o nuestro miedo a las alturas o, como el propio Hauser prefiere decir, como nuestra capacidad para el lenguaje (los detalles varían de una cultura a otra, pero la estructura profunda subyacente en la gramática es universal). Como veremos, la forma en la que las personas responden a estas pruebas morales y su incapacidad para articular sus razones parecen enteramente independientes de sus creencias religiosas o de la ausencia de ellas. El mensaje del libro de Hauser, para anticiparlo en sus propias palabras, es este: "Dirigir nuestros juicios morales es una gramática moral universal, una facultad de la mente que evolucionó durante millones de años para incluir un conjunto de principios para construir un rango de posibles sistemas morales. Como con el lenguaje, los principios que generan nuestra gramática moral vuelan fuera del alcance del radar de nuestra consciencia".
Típico de los dilemas morales de Hauser son las variaciones sobre el tema de un vagón incontrolado o un "carrito" en una vía de tren que amenaza matar a cierto número de personas. La historia más simple imagina a una persona, Denise, situada junto a las agujas de cambio de vía, en una posición que le permite desviar el carrito hacia un lateral, y así salvar las vidas de cinco personas atrapadas un poco más adelante en la vía del tren. Desafortunadamente, hay un hombre atrapado en el lateral. Pero, teniendo en cuenta que él es solo uno, superado en número por las cinco personas atrapadas en la vía principal, la mayoría de las personas están de acuerdo en que es moralmente permisible para Denise, si no obligatorio, mover el mando y salvar a los cinco, matando a uno. Ignoramos posibilidades hipotéticas tales como que el hombre solo que está en el lateral fuera Beethoven, o un amigo cercano.
Hay complicaciones del experimento que presentan una serie de dilemas morales incrementalmente enmarañados. ¿Qué pasa si el carrito puede detenerse dejando caer un gran peso en su camino desde un puente que hay por encima? Es fácil: obviamente, deberíamos dejar caer el peso. Pero ¿qué pasa si el único gran peso disponible es un hombre muy gordo sentado en el puente, admirando la puesta de sol? Casi todo el mundo está de acuerdo en que es inmoral empujar al hombre gordo por el puente, incluso aunque, desde un punto de vista, el dilema pudiera parecer paralelo al de Denise, en el que mover el mando mataría a uno para salvar a cinco. La mayoría de nosotros tenemos una fuerte intuición de que hay una diferencia crucial entre los dos casos, aunque no seamos capaces de articular cuál es.
Empujar al hombre gordo por el puente es una reminiscencia de otro dilema considerado por Hauser. Cinco pacientes de un hospital están muriendo, cada uno con un órgano que está fallando. Todos podrían salvarse si pudiera encontrarse un donante para ese órgano particular que está fallando, pero no hay ningún donante disponible. Entonces, el cirujano se da cuenta de que hay un hombre sano en la sala de espera, cuyos cinco órganos están en buen funcionamiento y son adecuados para el transplante. En este caso, no podemos encontrar a casi nadie que esté preparado para decir que el acto moral es matar al uno para salvar a los cinco.
Tal como el hombre gordo sobre el puente, la intuición que compartimos la mayoría de nosotros es que un espectador inocente no debería ser arrastrado repentinamente a una mala situación y ser utilizado para el bien de otros sin su consentimiento. Immanuel Kant articuló estupendamente el principio de que un ser racional nunca debería utilizarse como un medio no consentido para alcanzar un fin, incluso si el fin es en beneficio de otros. Esto parece proporcionar la diferencia crucial entre el caso del hombre gordo sobre el puente (o el hombre de la sala de espera del hospital) y el hombre del lateral de Denise. El hombre gordo del puente está siendo verdaderamente utilizado como medio para parar el carrito incontrolado. Esto viola claramente el principio kantiano. La persona del lateral no está siendo utilizada para salvar la vida de las cinco personas de la vía. Es el lateral el que está siendo utilizado, y él simplemente tiene la mala suerte de estar en ese lugar. Pero ¿qué pasa cuando hacemos una distinción como esa, por qué nos satisface? Para Kant, era un absoluto moral. Para Hauser, está construido en nosotros por nuestra evolución.
Las situaciones hipotéticas relacionadas con el carrito incontrolado se hacen incrementalmente más ingeniosas, y los dilemas morales, proporcionalmente más tortuosos. Hauser contrasta los dilemas afrontados por individuos hipotéticos llamados Ned y Oscar. Ned está en la vía del tren. Al contrario que Denise, que puede desviar el carrito hacia un lateral, el mando de Ned lo desvía hacia un camino lateral que se reencuentra de nuevo con la vía principal justo antes de las cinco personas. Simplemente mover el mando no ayuda: el carrito se estrellará contra los cinco de cualquier forma cuando el desvío se reencuentre con la vía principal. Sin embargo, mientras esto ocurre, hay un hombre extremadamente gordo en el desvío lateral que es lo suficientemente fuerte como para hacer que el carrito se pare. ¿Debería Ned cambiar las agujas y desviar el tren? La intuición de la mayoría de la gente es que no. Aunque ¿cuál es la diferencia entre el dilema de Ned y el de Denise? Presumiblemente, la gente está aplicando de forma intuitiva el principio de Kant. Denise desvía el carrito evitando que se estrelle contra las cinco personas, y la desafortunada casualidad del lateral es un "daño colateral", por utilizar la encantadora frase rumsfeldiana. Él no está siendo utilizado por Denise para salvar a los demás. Ned está utilizando realmente al hombre gordo para parar el carrito, y la mayoría de las personas (quizá sin pensarlo), de acuerdo con Kant (pensándolo con gran detalle), ven que esta es una diferencia crucial. La diferencia nos llega de nuevo por el dilema de Oscar. La situación de este es idéntica a la de Ned, excepto en que hay un gran peso de hierro en el desvío lateral, lo suficientemente fuerte como para parar el carrito. Claramente, Oscar no debería tener problemas al decidir cambiar las agujas y desviar el carrito. Excepto en que sucede que hay un excursionista caminando frente al peso de hierro. En realidad resultará muerto si Oscar mueve las agujas, tan seguramente como el hombre gordo de Ned. La diferencia es que el excursionista de Oscar no está siendo utilizado para detener el carrito: él es un daño colateral, como en el dilema de Denise. Como Hauser, y como la mayoría de los sujetos experimentales de Hauser, creo que a Oscar le está permitido mover las agujas, pero a Ned, no. Del mismo modo encuentro que es bastante duro justificar mi intuición. La idea de Hauser es que tales intuiciones morales a menudo no están bien pensadas, aunque de cualquier modo las sentimos profundamente, gracias a nuestra herencia evolutiva.
En una intrigante incursión en la antropología, Hauser y sus colegas adaptaron sus experimentos morales a los kuna, una pequeña tribu de Centroamérica, con pocos contactos con los occidentales y sin religión formal. Los investigadores cambiaron el experimento intelectual del "carrito de la vía" por equivalentes localmente adecuados, tales como cocodrilos nadando hacia canoas. Con las correspondientes diferencias menores, los kuna mostraron los mismos juicios morales que el resto de nosotros.
De particular interés para este libro, Hauser también se preguntaba si las personas religiosas diferían de los ateos en sus intuiciones morales. Seguramente, si nuestra moralidad proviene de la religión, diferirían. Pero parece que no. Hauser, trabajando junto al filósofo moral Peter Singer, se centró en tres dilemas hipotéticos y comparó los veredictos de los ateos con los de las personas religiosas. En cada caso, se les pidió a los sujetos que eligieran si una acción hipotética es moralmente "obligatoria", "permisible" o "prohibida". Los tres dilemas eran:
1) El dilema de Denise. El 90% de las personas dijeron que era permisible desviar el carrito, matando a uno para salvar a cinco.
2) Ves a un niño ahogándose en un estanque y no hay otra ayuda a la vista. Puedes salvar al niño, pero tus pantalones se destrozarían en el proceso. El 97% estaba de acuerdo en que deberías salvar al niño (asombrosamente, un 3% al parecer preferiría salvar sus pantalones).
3) El dilema del transplante de órganos arriba descrito. El 97% de los sujetos estuvo de acuerdo en que está moralmente prohibido aprovecharse de la persona sana de la sala de espera y matarla para obtener sus órganos, y así salvar a las otras cinco personas.
La conclusión principal del estudio de Hauser y Singer fue que no hay diferencias estadísticamente significativas entre los ateos y los creyentes religiosos al realizar estos juicios. Esto parece compatible con la visión, que yo y otros muchos mantenemos, de que no necesitamos a Dios para ser buenos -o malos.
Richard Dawkins
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07/02/2008
Los peligros de la irracionalidad: El caso Ingram
A finales de la década de los ochenta y principios de los noventa se registró una cierta obsesión en Gran Bretaña y Estados Unidos con la existencia de abusos rituales satánicos. Los casos británicos resultaron ser idioteces. Por poner un ejemplo, se acabó descubriendo que la grabación de una de las supuestas ceremonias ocultas era un vídeo porno. Los norteamericanos, por su parte, le pusieron más fantasía al asunto y sus casos llegaron mucho más lejos.
La paranoia satánica ha llegado en ocaciones a extremos tan asombrosos como el protagonizado por Paul Ingram:
El 28 de noviembre del año 1988 fue arrestado Paul Ingram, uno de los miembros más respetables de la ciudad de Olympia, en Washington, presidente del partido republicano local, lugarteniente del sheriff y hombre profundamente religioso. A nadie se le ocurrió pensar que pudiera haber violado a sus hijas, Ericka y Julie, a la sazón de 22 y 18 años de edad respectivamente. Según denunciaron aquéllas, habían aguantado desde su más tierna infancia abusos indescriptibles. Con la asesoría de los consejeros espirituales de la comunidad fundamentalista cristiana a la que pertenecían, las supuestas víctimas fueron recuperando horribles recuerdos, liberándolos de su amnesia. Ingram tampoco se acordaba de nada. Pero, creyendo a sus hijas, y con el auxilio de su pastor, hizo un sincero esfuerzo por revivir las inefables escenas que, a buen seguro, su sentimiento de culpa se había empeñado en borrar. En prisión provisional, de sus labios fue fluyendo una historia escalofriante a lo largo de los interrogatorios. Aceptó incluso someterse a un exorcismo. En juicio confesó sus crímenes y fue condenado en sentencia de conformidad a 20 años de prisión el tres de mayo de 1989.
El interés del asunto no se agota en lo pintoresco la historia. Es que las denunciantes no sólo involucraron a su padre, sino a muchísimas personas más. Según ellas, operaba una secta satánica, compuesta por cientos de miembros, que organizaba horribles ceremonias nocturnas. Actos de bestialismo y asesinatos rituales de bebés formaban parte de la trama. Como en un aquelarre. Ericka afirmaba haber quedado embarazada varias veces, obligada a abortar y a comerse sus propios restos fetales. Las autoridades policiales se tomaron en serio las revelaciones y organizaron una masiva campaña a lo largo y ancho del Estado. Emplearon tecnología puntera para rastrear los campos de las inmediaciones en busca del calor orgánico que emitirían los enterrados despojos corporales. Incluso se articuló una unidad especial de la policía para luchar contra los sectarios.
Sin embargo las entrañas de los apacibles paisajes escrutados no escondían ningún cadáver. Las pericias ginecológicas fueron negativas. El experto en psicología del testimonio Richad Ofshe negó todo valor a la confesión pues, a su juicio, había sido inducida por la policía. Ingram, no obstante, se resistía a dudar de sus hijas. Al final se dio cuenta de que había sido presa de la histeria, de que sus recuerdos eran fantasías provocadas por la sugestión, e intentó retractarse. Demasiado tarde. Permaneció en prisión hasta el ocho de abril del año 2003.
Llama la atención el libérrimo criterio del fiscal. No todos los denunciados (entre los que se encontraban numerosos agentes de la policía local) fueron encausados.
Profundicemos en los hechos: Ingram, aconsejado por un pastor religioso y exorcista, así como por varios psicólogos “expertos”, decidió a someterse a sesiones de “memoria recobrada”, empezando así a “recordar” haber cometido aquellos abusos de los que era acusado. Sin pruebas de ningún tipo en su contra, con varios testimonios a su favor de especialistas y compañeros, frente a toda evidencia, acabó por declararse culpable, siendo condenado por unos hechos cuyo recuerdo se fue formando al hilo de las declaraciones de sus hijas, cambiando según éstas cambiaban y adaptándose a lo que, de hecho, su familia y su comunidad esperaban de él.
Repasando globalmente lo sucedido:
Paul Ingram era un padre de familia religioso y aparentemente normal hasta que sus hijas Ericka y Julie, de 22 y 18 años, respectivamente, fueron a un retiro espiritual en 1988. Allí, Karla Franko se ocupó de informar a las jóvenes sobre los abusos sexuales. Al regresar a casa, Ericka le dijo a su madre que había sufrido abusos sexuales por parte de su padre, durante años, sin que ella se enterara. Julie corroboró su versión, y las hermanas empezaron a entrar en detalles en la oficina del Sheriff. Primero hablaron de sus familiares y después empezaron a hablar sobre numerosos hombres que jugaban al póquer con su padre, y que después se emborrachaban y las violaban (a veces, varios a la vez).
Detuvieron a Paul que dijo que no recordaba nada parecido, pero que si sus hijas lo decían sería verdad, porque ellas no podían mentir en algo así. "Debo tener un lado oscuro que no conozco", añadió. Psiquiatras, curas exorcistas y policías se encargaron de refrescarle la memoria, y al final Paul llegó a confesar que era el mismísimo Asesino del Río Verde e incluso identificó a sus compañeros de rituales. El padre acabó reconociendo que el olvido había sido un mecanismo de su mente para negarse a sí mismo la realidad descrita por sus hijas, como le habían dicho los agentes.
Mientras tanto, las aberraciones narradas por las hermanas iban en aumento: violadas en más de 800 ceremonias satánicas, sacerdotes con cuernos de vikingo, sangre por todas partes, sacrificios, decenas de bebés muertos, pis, defecaciones, bestialismo, abortos provocados por su padre (que las obligaba a comerse los fetos en las ceremonias), decenas de asesinatos y enterramientos, heridas y cicatrices por todo el cuerpo que habían obligado a Ericka a pasarse media vida ingresada en un hospital... Llegaron a incriminar a treinta agentes de la oficina del Sheriff en los ritos y también cambiaron su declaración en cuanto a su madre, a la que acabaron implicando como observadora.
La investigación criminal sobre el grupo satánico de Olympia costó cerca de un millón de dólares USA. Se llegaron a utilizar helicópteros con visión nocturna para intentar descubrir reuniones secretas de los adoradores de Belcebú, sin ningún resultado.
No aparecieron restos de bebés por ningún lado y no había ningún cadáver enterrado en los lugares señalados por las hermanas. Es más, ni siquiera se había registrado un número inusual de desapariciones. Ericka no se había pasado media vida en ningún hospital y ningún médico examinó a las jóvenes para corroborar que tenían cicatrices o que habían abortado en numerosas ocasiones, ni siquiera para comprobar que habían mantenido relaciones sexuales con alguien.
Tampoco se tuvo en cuenta que la veracidad de las hermanas ya había quedado en entredicho cuando en 1983 y en 1985 acusaron a un consejero de su iglesia y a un vecino por delitos similares, y las denuncias se archivaron por falta de pruebas. Y el hecho de que todas las descripciones de un mismo hecho de las hermanas y el padre fueran completamente distintas, tampoco importó.
Locura colectiva
El Doctor Richard Ofshe, un experto en sectas de la universidad de Berkeley, dijo que Paul era muy sugestionable y que deseaba complacer a la autoridad. Ofshe sospechaba que se trataba de un caso de locura colectiva y en su informe concluyó que no habían existido abusos sexuales. En una de sus entrevistas con Paul le comentó que sus hijas habían dicho que también las había violado uno de sus hermanos delante de él. Paul contestó que no recordaba ese incidente, y el Doctor Ofshe le dijo que lo meditara en su celda (como había sucedido con las otras confesiones). Al día siguiente, Paul volvió contándole los detalles de las violaciones de su hijo, cuando realmente las chicas habían negado tajantemente que esto hubiera sucedido.
Finalmente, Paul se declaró culpable en 1989 de seis cargos de violación en tercer grado y accedió a que no se celebrara un juicio para evitar que sus niñas pasaran por el mal trago de testificar ante un tribunal. Mientras esperaba la sentencia, Paul llegó a la conclusión de que nunca había abusado de sus hijas y así se lo comunicó a los jueces, que le condenaron en abril de 1990 a veinte años de cárcel.
El escritor Lawrence Wright publicó "Remembering Satan" (Recordando a Satán), un libro sobre las inconsistencias del caso.
Según los partidarios de Paul, Karla Franko (la responsable de la charla que desató el culebrón) está convencida de que es profeta y en el retiro espiritual le dijo a Ericka que estaba segura de que ella era una víctima de abusos sexuales porque se lo había dicho el Espíritu Santo.
Ericka recorrió durante años casi todos los programas casposos de las televisiones norteamericanas contando sus desdichas.
El sheriff del condado de Thurston (Washington) sigue encantado con ser el primero que ha conducido una investigación criminal anti-satánicos que culmina con una condena.
Recordemos que Paul no consiguió salir en libertad hasta abril de 2003.
¿Es posible tanta irracionalidad? En épocas pasadas hubo casos terribles como el de los juicios de Salem, cuando numerosas personas inocentes fueron acusadas de brujería. ¿Pero repetir errores así, en plena modernidad? El caso Ingram fue sintomático en varios aspectos. En medio de la histeria que se adueñó de la pequeña ciudad americana tras la denuncia de sus hijas, se extendió la paranoia entre los vecinos y se multiplicaron las denuncias y sospechas de asesinatos rituales, cadáveres ocultos y ritos satánicos. Se llamó a un especialista del FBI, Kenneth V. Lanning, experto de la unidad de ciencias del comportamiento de la Academia de Quantico (Virginia). Por fin llegaba la cordura:
Lanning, experto en la victimización sexual de niños, llevaba oyendo historias de abuso sexual con matices ocultistas o satánicos desde 1983. Al principio había tendido a creer en estas historias, pero conforme el número de casos alegados crecía y se elevaba como un rascacielos, había empezado a crecer también su escepticismo.
Pronto, cientos de víctimas estaban acusando a miles de agresores. Hacia la mitad de los 80, el número anual de supuestos asesinatos satánicos había alcanzado las decenas de miles. Como resultado de la información dada por un oficial de prisiones en Utah, circulaba el rumor de que los cultos satánicos estaban sacrificando entre cincuenta y sesenta mil personas al año en Estados Unidos, a pesar de que el número total de homicidios anuales no llegaba a los veinticinco mil. Los creyentes afirmaban que los cuerpos no se encuentran porque los satanistas a veces se comen a sus víctimas y poseen acceso a sofisticados métodos para deshacerse de los cadáveres. Asombraba a Lanning que los agentes de policía, que habitualmente están de acuerdo sobre las inexactitudes de los medios informativos y suelen bromear acerca de las sensacionalistas recreaciones televisivas de crímenes “reales”, fueran tan susceptibles a ese mismo material cuando tenía que ver con el satanismo. Sí, hay asesinos psicóticos que oyen la voz de Satán, igual que hay asesinos psicóticos que oyen la voz de Jesús, pero eso no significa que sean miembros de un culto religioso organizado, pensaba Lanning.
Si el asesinato satánico ritual se podía definir simplemente como un homicidio cometido por dos o más personas cuyo motivo primordial era completar un ritual satánico prescrito, entonces Lanning era incapaz de encontrar un solo caso documentado de este fenómeno en Estados Unidos. Le preocupaba que demasiados agentes estuvieran permitiendo que sus creencias religiosas personales afectaran a su juicio.
A pesar del escepticismo de Lanning, como sabemos, Paul Ingram permaneció en prisión hasta el 8 de abril de 2003 por un supuesto crimen sin pruebas, del que él mismo se autoinculpó en un principio, para más tarde darse cuenta de su error.
¿Seguiremos encontrando casos así todavía en la actualidad? Me temo que sí. Estos casos paradójicamente absurdos seguirán dándose mientras siga habiendo una tendencia a no razonar, dejándonos llevar por nuestras emociones, nuestros miedos, nuestras paranoias hurdidas desde la sombra de la irracionalidad.
Fuentes:
2) A degüello
4) En papel: El libro de Jesús Palacios, Juegos Mortales.
Relacionada:
Sobre el fenómeno de los falsos recuerdos, así como la no fiabilidad de las sesiones hipnóticas para recuperar vivencias olvidadas, se puede leer un breve artículo en Libertad Digital que además menciona el caso Ingram.
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05/02/2008
Reflexiones inusuales sobre Internet y la pornografía infantil
Interesante reflexión del programador de ordenadores y divulgador Antonio Caravantes, acerca de las actitudes sociales y de los medios de comunicación ante el tema de la posesión de pornografía infantil, los casos mediáticos y exagerados de detenciones de múltiples personas, muchas de las cuales eran inocentes pero acaban con su fama manchada. Es una reflexión posteada a finales del 2004 pero todo lo que dice sigue siendo actual, como se ve aquí: De los 1000 detenidos por pornografía infantil en los últimos cuatro años, sólo 30 están en la cárcel
El artículo de Antonio Caravantes recomiendo leerlo en su sitio original, aquí . Para los más perezosos, copio el artículo también en este blog. Ahí va:
29/11/04 Antonio Caravantes
En los últimos días se han sucedido dos noticias similares, relativas a la detención de personas que manejaban material pedófilo (pornografía infantil) a través de Internet. La operación española parece culminar con 90 detenidos, y se destaca con estupor que 21 de ellos son menores de edad. La otra operación es internacional, con 77 detenidos de los cinco continentes.
Los medios de comunicación han dado muy buena cobertura a estos sucesos. Los comentaristas y tertulianos de radio y televisión no dejan de mostrar su "estupor". Sin embargo, echo en falta un análisis un poco más profundo del problema.
Comenzaré diciendo que no tengo ninguna simpatía hacia la pedofilia ni hacia el voyeurismo pedófilo (contemplación de imágenes de pornografía infantil). Personalmente me desagradan esos comportamientos, sean a través de Internet o de cualquier otro medio. Pero creo que no deberíamos quedarnos en un rechazo verbal y simplista, como suele ocurrir. Así pues, voy a tratar de profundizar un poco más.
Para empezar, hay que resaltar que Internet es una red mundial a través de la cual se intercambian materiales que en algunos países no son ilegales. Aún más, muchas de esas fotos se han generado en estados donde la legislación vigente no penaliza la utilización de niños para realizar prácticas sexuales o fotografías de actividad sexual. Nuestro primer problema es que vivimos en un mundo globalizado y usamos una Internet sin fronteras, cuando resulta que lo admisible (desde el punto de vista social y legal) es muy distinto en unos y otros lugares del planeta.
Normalmente no queremos afrontar esta contradicción, pero luego manifestamos nuestro "horror" cuando vemos consecuencias como estas redes pedófilas. Pues deberíamos dejar de lamentarnos y comenzar a exigir a nuestros líderes políticos que sean consecuentes: que trabajen para uniformizar la legislación de los diferentes países, o que comiencen a cortar los cables de comunicación (Internet) que nos enlazan a otros países donde se toleran comportamientos que nosotros consideramos inadmisibles. No están haciendo ni lo uno ni lo otro, y todos tan conformes.
Los gobiernos de esos países que son considerados "paraísos sexuales" tienen buenos motivos para la permisividad, pues eso les genera un beneficio económico: los turistas sexuales (procedentes de países occidentales y democráticos) dejarían de ingresarles un buen dinero si se cortase la impunidad. Mientras tanto, los gobiernos de los países occidentales y democráticos (generadores de ese turismo sexual) miran hacia otra parte, diciendo que ese problema no es de su competencia. Tampoco es de su competencia presionar a los embajadores extranjeros ni poner en la ONU delegados que insistan para que esos paraísos sexuales dejen de serlo.
A las buenas gentes que se horrorizan por este tráfico de material pedófilo hay que preguntarles: ¿Ha hecho Vd. algo para evitar que esos niños sean utilizados así? Por ejemplo... ¿Ha votado Vd. a un partido político que había prometido luchar contra este problema internacional? Si Vd. nunca antes había pensado en esto, ya puede irse poniendo las pilas para el futuro: es muy posible que ahora mismo la pedofilia patria y la mundial estén recanalizándose a través de otras personas, puesto que el problema de fondo sigue sin resolver: en el tercer mundo sigue habiendo niños utilizables y aquí sigue habiendo mucha gente dispuesta a utilizarlos, o a contemplar sus fotos.
Por otro lado, no es casual que la mayoría de las fotos provengan del tercer mundo. La carencia de otros recursos económicos muchas veces les obliga a venderse sexualmente para subsistir. Algunos de los niños (o sus padres) permiten las prácticas pedófilas o las sesiones de fotos porque eso les permite conseguir unos dólares con los que subsistir. Es duro decirlo, pero prefiero a un niño prostituido que a un niño muerto de inanición. En este asunto, nuevamente debemos mirar nuestra responsabilidad como ciudadanos de países con una economía holgada. Gastamos millones diarios en caprichos, pero al tercer mundo solo enviamos la ayuda justita para tranquilizar nuestras conciencias, y punto. Ni tenemos una actitud solidaria ni se la exigimos a nuestros líderes políticos. Sabemos que en el tercer mundo mueren miles de niños cada día, pero eso parece preocuparnos menos que la pedofilia.
Lo más grave es que se está confundiendo la legítima defensa de los derechos infantiles con la crítica a una anomalía (perversión) en el comportamiento sexual de nuestros propios conciudadanos. La pornografía puede ser real o ficticia. Si somos capaces de hacer películas de dinosaurios, hemos de reconocer que nos sobra tecnología para generar imágenes de "niños virtuales" que realizan actos sexuales. Desde hace cientos de años se han hecho cosas parecidas, utilizando una imaginación calenturienta y unas pinturas de óleo.
¿Seríamos más tolerantes con nuestro vecino pedófilo si supiéramos que solo contempla a niños virtuales en actos sexuales imaginarios, generados por ordenador? Me temo que no. La mayoría de nosotros seguiríamos negándole el saludo, por ser un pervertido. Toleramos más fácilmente la castidad, que es otra perversión (algo antinatural), pero que siempre ha tenido "buena prensa" y ha llegado a ser una elección "políticamente correcta". Esta línea argumental lleva a una conclusión: lo que nos preocupa realmente no son los niños, sino la perversión de quien se complace en observarlos desnudos o en actitudes sexuales.
En este análisis no soy capaz de resistirme a comparar la pura pornografía con la violencia. Por Internet también circulan fotos de niños maltratados, y hay gente que las colecciona, las intercambia, las vende o paga por obtenerlas. Son fotos en las que se visualiza a un adulto golpeando a un niño, o a un niño amputado, por ejemplo. Hay muchos conciudadanos nuestros que disfrutan contemplando ese tipo de imágenes. Sin embargo, eso no parece preocupar a nadie. La tenencia o distribución de ese material ni siquiera es considerado como delito por nuestras legislaciones progresistas. No importa: al fin y al cabo, estamos acostumbrados a ver cosas parecidas sin inmutarnos.
Al cabo del año, las televisiones ofrecen docenas de películas donde niños de diferentes edades son maltratados o asesinados. Las toleramos con naturalidad bajo el argumento de que esas imágenes son ficticias y no corresponden a sucesos reales en los que se haya dañado a un niño de verdad. Esa argumentación es falsa, puesto que no seríamos igual de tolerantes si la película mostrase escenas sexuales con niños virtuales (donde no se hubiera utilizado a ningún niño real para actividades de ese tipo). Así se confirma que nos preocupa menos el bienestar de los niños que la mera contemplación de esas imágenes sexuales infantiles.
Sigamos con la violencia, llevada al extremo: estoy a la espera de que algún líder mundial decida hacer una guerra para invadir otro país y así derrocar a unos líderes políticos culpables por su tolerancia hacia los abusos contra la infancia. Hace pocos años, en las Azores, tres iluminados decidieron hacer una guerra contra Irak, por motivos que me parecen menos importantes (y que estaban menos comprobados). ¿A qué espera George Bush para invadir Tailandia y "liberar" a miles de niños esclavizados en la prostitución infantil? ¿A qué espera la ONU para enviar a los cascos azules contra Burundi y Uganda, con el fin de liberar a los niños-soldado de allí? ¿A qué espera Toni Blair para asaltar Guantánamo y rescatar a varios menores secuestrados/encarcelados (sin cargo) por el todopoderoso ejército de los EE.UU.? Será que la violación de los derechos de infantiles no es un motivo suficiente para defenderlos mediante otro acto violento. Los niños nunca han sido algo muy importante por lo que luchar, y menos si son de países lejanos. Por eso me sorprende esta repentina indignación anti-pedófila.
Para terminar, me provoca bastante recelo que se aireen noticias relativas a la detención de presuntos delincuentes que usan Internet. Estoy harto de leer titulares destacados donde se relata la detención de un hacker o un creador de virus, o incluso a personas relacionadas con la pornografía infantil. En la mayoría de los casos, esos acusados suelen acabar con una sentencia absolutoria, o con el sobreseimiento (anulación de los cargos) por parte del juez. Para bien o para mal, ese suele ser el final de quienes son detenidos por sus presuntas actividades ilegales en la red. Pero esa absolución o ese sobreseimiento no suele aparecer como noticia destacada. Como máximo sale en un pequeño recuadro de las páginas interiores de un periódico. Los medios informativos están incumpliendo un compromiso ético al dar más relevancia al primer suceso -la detención, policial-, que al segundo -la inocencia, decretada por el sistema judicial-.
Además, eso puede perjudicar gravemente al detenido, puesto que no se restablece su honorabilidad en la misma medida que se aireó su presunta culpabilidad. Y para colmo, esa mala costumbre periodística también está encubriendo la incompetencia policial. Efectivamente, es incompetencia detener una y otra vez a "presuntos" que luego son sistemáticamente reconocidos como "no culpables". Salvo los estafadores y otros delincuentes "económicos", lo normal es que ningún internauta detenido acabe con condena, y se silencia este hecho aunque se haya cacareado a los cuatro vientos su detención como "presunto delincuente" y como "cibernauta". Todo muy conveniente para tranquilizar nuestras conciencias y transmitir una sensación de que las cosas están bajo control. Nada más lejos de la realidad.
Lo voy a formular como un reto personal: limitándonos a España y exceptuando delitos económicos, por cada noticia que tú me envíes de un delincuente relacionado con Internet y con sentencia de culpabilidad... yo me comprometo a devolverte cinco noticias distintas de internautas "presuntos", detenidos por la policía. ¿Quieres probar? Prometo publicar el resultado, sea el que sea.
Creo que el eslogan "Ahora la ley actúa" habría que cambiarlo: "Ahora la policía actúa". Pero todavía encuentro otro más realista: "Ahora la prensa publica que la poli actúa, aunque luego todo quede en agua de borrajas". Y tan contentos.
Antonio Caravantes ha aportado artículos en sitios como Barrapunto , La Taberna del Grumete , Asociación de Internautas , etc. Su currículum puede leerse aquí: http://www.caravantes.com/web/curricul.htm
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01/02/2008
Pino Aprile: "El imbécil sobrevive. El genio se extingue"
El periodista y escritor italiano Pino Aprile, autor de libros como "Elogio del imbécil" y "Elogio del error", tiene opiniones muy incisivas. En el siguiente link se recoge un breve artículo suyo y una amena entrevista que le realizaron allá por el año 2003. Destacan las frases punzantes como "los inteligentes crearon el mundo y los imbéciles disfrutan de él", "La selección no es sólo natural sino también cultural, y desde hace miles de años el Homo sapiens sapiens elabora comportamientos y sistemas sociales que provocan el exterminio de los mejores".
Las anteriores frases pueden ser malinterpretadas fuera de contexto, por eso os animo a leer el artículo en este link: http://www.eureka.runa.net/stupid4.htm
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03/01/2008
Las personas no son reales: son fantasías o fantasmas

No existe ni una sola persona, pues las personas son irreales: son meras fantasías (¿fantasía de quién o de qué?). Las personalidades son fastasmas flotantes, aparentemente preocupados por mil temas serios y graves: sus trabajos, sus dineros, sus relaciones, sus futuros... Tras todas estas fantasías, si se hurga profundamente despojando a la personalidad de sus mil máscaras, se descubre que tras todo este arsenal de "máscaras y ropas" no hay nada, absolutamente nada. Un fantasma sin sábana no es nada.
Las guerras, las polémicas, las peleas, las fiestas y las tragedias no son sino bailes de disfraces sin nadie dentro de esos disfraces. Una danza de máscaras sin una forma en el interior.
Una persona no es sino la suma de sus máscaras, el conjunto de sus "ropajes". Despojada de esos envoltorios, cuando llegamos al centro, se descubre que una vez retiradas todas las máscaras no queda nada. Nadie a quien amar o a quien odiar. Nadie con quien pelear, nadie a quien ayudar. Solamente hay un Vacío.
Bien, pues ese Vacío, ese Silencio o Naditud origina todo el universo. Ahí reside toda la Magia, ahí late el secreto de la inmortalidad y el Misterio del Cosmos.
No obstante, las personas siguen jugando en el festival de máscaras, confundiendo las máscaras con lo que verdaderamente son: ese Misterio Vacío que lo origina todo. Está bien que así sea: ¡que prosiga el festival!
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17/12/2007
Los fundamentos de la moral
El objetivo de este texto es dirigir nuestra mirada hacia los fundamentos de nuestra moral, a fin de darnos cuenta de si son fundamentos objetivos o más bien una convención adoptada por motivos subjetivos. La pregunta (retórica para mí) que me hago viene a ser la siguiente: ¿Los fundamentos de la moral son objetivos, están más allá del dogma, la subjetividad, la costumbre, el instinto, el capricho y las supersticiones? ¿O son fundamentos subjetivos y por tanto meras convenciones?
Se dice que el ser humano es un ser moral, pero ¿qué significa esto? (si es que significa algo). Según la Real Academia Española (RAE), el término “moral” significa, en su primera acepción, lo siguiente: Perteneciente o relativo a las acciones o caracteres de las personas, desde el punto de vista de la bondad o malicia. Esto que dice la RAE ya nos da indicios: la palabra caracteres ya nos permite intuir la probable existencia de diversas morales (lo mismo que cada persona tiene su propio carácter, podría cada uno tener su propia moral), lo cual favorecería el punto de vista de la subjetividad de la moral, al haber más de una (diversidad de opiniones respecto al asunto, por lo tanto posible subjetividad). Otro aspecto importante es el de la bondad o malicia, pues como todos sabemos, la oposición entre el bien y el mal (o entre correcto e incorrecto, y similares pares de opuestos) es la que nos permite hablar de moral.
En Wikipedia se dice que la palabra “moral” proviene del latín “mores”, que significa “costumbres”. Si entra en juego la costumbre, estamos reconociendo implícitamente que no se trata de algo objetivo, algo que se pueda explicar o fundamentar de manera incontestable, sino que más bien se trata de meras costumbres, las cuales no requieren necesariamente fundamento alguno: simplemente son costumbres, son así y punto (aunque podemos tratar de “fundamentarlas”, justificarlas, si bien esas justificaciones serían subjetivas). De hecho en Wikipedia se dice que la moral es: “Conjunto de costumbres, creencias, valores y normas de una persona o grupo social determinado que ofician de guía para el obrar, vale decir, que orientan acerca del bien o del mal –o bien, correcto o incorrecto- de una acción”.
Una vez hecha esta introducción relativamente neutral (aunque nada es 100% neutral en este ámbito), voy a definir mi posición respecto al título de este texto y frente a las preguntas del primer párrafo. Para mí, los fundamentos de la moral son subjetivos, son meras convenciones, casi caprichos (exagerando, por supuesto) y en los párrafos siguientes voy a responder a algunas posibles objeciones a lo que digo, poniendo ejemplos.
El meollo del asunto, obviamente, es la cuestión del bien frente al mal. Decimos que una persona es moral cuando sus acciones son “buenas” o “bondadosas”. En cambio, de una persona que lleve a cabo acciones “malas” se dice que se trata de un “amoral”, que no tiene moral. Sin embargo un primer problema radica en que los diversos seres humanos tenemos diferentes concepciones del bien y del mal: lo que a unos les parece correcto y bueno, a otros les parece incorrecto, malo o perverso. Por ejemplo, a algunas personas les parece que es correcto (bueno, aceptable) que cuando dos personas del mismo sexo se sienten atraídos, puedan llegar a mantener relaciones sexuales. En cambio, a otras personas esos mismos actos sexuales entre personas del mismo sexo, lejos de parecerles algo correcto, les parece una perversión, les parece indecente o directamente algo “malo”. Por lo tanto, lo que para unos es bueno, para otros es malo, y si una persona “moral” es la que lleva a cabo acciones correctas (“buenas”) entonces habrá discrepancias en cuanto a si fulano o mengano es moral o no (puesto que discreparán en si sus acciones son o no correctas o “buenas”). Ya con esto, tenemos un argumento para decir que la moral es subjetiva: unos piensan que (por ejemplo) la homosexualidad es “moral”, es algo “decente”, “correcto”. Otros piensan que se trata de algo indecente, malo, incorrecto. Unos y otros discrepan y difícilmente se ponen de acuerdo entre sí. Conclusión: tendríamos que admitir, pues, que la moral es algo subjetivo, sin fundamentos sólidos (objetivos). Si hubiera fundamentos objetivos, bastaría que los compartieran unos con otros para aclarar el asunto, pero por experiencia sabemos que no ha habido, a fecha de hoy, ningún argumento capaz de convencer a quienes están seguros de sus sensaciones (no olvidemos que eso es realmente la moral: costumbres, sensaciones, casi caprichos… en definitiva: algo subjetivo).
Para zanjar estas discrepancias se han propuesto diversos caminos de los cuales destaco dos:
1) Un camino sería insistir a quienes discrepan de nosotros, que nuestra moral es superior o es la correcta porque proviene de altos principios, provienen de lo Transcendente, de Dios. Este es el truco o argucia de algunas religiones, fundamentar la moral en algo “sólido”, indiscutible: Dios. Puesto que no pueden argumentar su moral de manera racional (por ser subjetiva, fracasan al tratar de objetivizarla), entonces tratan de fundamentarla en algo que no pueda discutirse: en Dios. Lamentablemente, basar la moral en Dios resulta tan frágil como decir: “esto es bueno porque sí”. Es un gesto vacío.
2) El otro camino que deseo destacar consiste en admitir que efectivamente hay subjetividad en la moral, dado que las diversas personas pueden discrepar en cuanto a lo que sea bueno o malo. Pero, tras este paso atrás, tratan de defender un último reducto diciendo: “pero hay algunas cosas en las que todos estamos de acuerdo que son malas, como por ejemplo matar”. De esta forma, tratan de defender el punto de vista de que aunque la moral no sea algo objetivo en su conjunto, sí que hay unas pocas cosas objetivas, en las que todos estamos de acuerdo, y el ejemplo más extremo y claro sería matar: todos estamos de acuerdo en que matar es malo. “¡Por lo tanto, algo de objetividad hay!”. Y así, con este argumento, respiran tranquilos.
Pero no está el asunto tan claro. Cuando pensamos que “matar es algo malo” es un valor objetivo y aceptado por todos, nos autoengañamos. En primer lugar porque aunque todas las personas piensen lo mismo sobre un tema, eso no demuestra que se trate de algo objetivo. Un ejemplo: aunque todos sin excepción pensáramos que 2+2 son 5, eso no significaría que 2+2=5 fuera algo objetivo. Simplemente significaría que todos coincidimos. Podríamos estar en lo cierto o estar equivocados, pero simplemente estaríamos pensando así, y aunque todos coincidiéramos en que 2+2 fueran 5, eso no haría esa suma más objetiva. Por lo tanto el que todas las personas piensen lo mismo sobre algo, no significa que ese algo sea objetivo, pero es que además en nuestro tema, el hecho de que matar sea malo no es algo ni siquiera aceptado por todas las personas. Más bien sospecho que en el fondo, lo que se suele considerar como malo es “matar a la persona equivocada”. Y me explico:
¿De verdad todo el mundo piensa que matar es malo? A mí no me parece así. Creo que hay miles de personas que ven aceptable y moral que sus soldados maten a los “malos” en otros países (¿matar era malo o no lo era?). También hay miles de personas a favor de la pena de muerte (¿pero… no es eso matar? ¿Es a veces bueno matar, entonces?). En realidad sospecho que, inconscientemente, en nuestra más profunda intimidad lo que nos asusta o molesta es la posibilidad de ser asesinado uno mismo. Ojo por un lado al viejo truco de cambiarle el nombre a algo cuando nos molesta: cuando alguien mata de manera “equivocada”, o sea, cuando no estamos de acuerdo con esa muerte, lo llamamos asesinato. Sé que a muchos les cuesta ver esto, pero al que mata se le llama “soldado” o “asesino” en función de circunstancias que son subjetivas. Ambos hacen lo mismo: matar. Sólo que uno lo hace en condiciones que no aprobamos (no nos parece bien) y para exagerar la “gravedad” del asunto hablamos de asesino y asesinato. Otro aspecto es el de que usamos la palabra asesinato en parte porque nos asusta que la “víctima” pudiéramos ser nosotros. Llamamos “asesinato” a la muerte descontrolada (pero producida conscientemente, no por accidente), a la muerte que está fuera de la ley. Pero las leyes también son subjetivas (es un tema parecido y relacionadísimo con el de la moral, de hecho también se intentó a lo largo de los siglos justificar las leyes en un origen incontestable: en Dios) y simplemente nos asusta el caos que hay en el hecho de que alguien mate más allá de la ley, ya que en ese caso el muerto podríamos ser nosotros. Reconozcámoslo: en el fondo, lo que disgusta a casi todos (ni siquiera a todos) es la posibilidad de morir uno mismo.
Por este motivo, cuando más nos identificamos con la persona que muere, peor nos parece el hecho. Por eso llamamos asesino al que mata al margen de la ley (podría habernos matado a nosotros), porque nos identificamos con la “víctima”. En cambio cuando la muerte se produce de acuerdo a la ley (mejor dicho, a nuestra ley, porque en otro país puede imperar otra ley, otra convención), eso nos asusta menos, en especial si se produce en países lejanos. Y por eso nos resulta fácil llamar a esas muertes “actos de guerra”, y a los ejecutores llamarlos “soldados” en lugar de asesinos. Porque cumplen la ley (al menos la ley del país que les envía a la guerra), y por lo tanto, inconscientemente nos sentimos seguros, pues nuestro inconsciente piensa: “matan de acuerdo con la ley, así que cuando vuelvan a casa, a nuestras calles, no hay peligro de que me maten a mí, pues estos soldados cumplen la ley”.
Aunque no queramos darnos cuenta a veces, en realidad somos así, tan egoístas que consideramos “aceptables” (“buenas”) las muertes que parece que no nos ponen en peligro a nosotros mismos. No nos identificamos tanto con esos muertos. Otro ejemplo aparte de la guerra es el de países con pena de muerte vigente. Cuando matan a un condenado, a eso lo llamamos “ajusticiar”. No es asesinato, ni siquiera muerte, sino justicia. Al ciudadano medio (el ciudadano “medio” en realidad no existe, es una convención también, pero sigamos…) eso no le preocupa demasiado pues inconscientemente siente que no hay peligro para él: mientras no cometa delitos graves, no le sucederá lo mismo, pues ese tipo de muertes son conformes a la ley (la ley da seguridad, nos da la sensación de que hay un orden que nos protege de hechos “nefastos” e “injusticias”). En definitiva, no nos identificamos (no quiero generalizar, simplemente estoy exponiendo ejemplos didácticos, no nos sucede a todos igual) con el condenado a pena de muerte. En el fondo porque no nos sentimos amenazados nosotros mismos. Nuestro inconsciente piensa: “si obró mal, que lo pague”. ¿Pero qué es el mal? (ya digo que no es algo objetivo).
Otra justificación usada suele tomar el cariz siguiente: “Lo que está mal de verdad, es que alguien mate a un inocente”. Bien, habría que definir qué es un “inocente”… podría suceder incluso, como en la famosa anécdota de “quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, que en el fondo ninguno fuésemos del todo inocentes jejeje… Pero al margen de esto (y de que el término “inocente” es también subjetivo), el trasfondo psicológico del asunto es que solemos llamar “inocente” a aquel que, según nuestro criterio, no debería morir (seguimos con el ejemplo de matar, sobre si es algo objetivamente malo o no). En definitiva, quien para unos es inocente, para otros no lo es.
Pero este egoísmo humano con respecto a la muerte, esta hipocresía que sucede cuando pensamos que matar es algo objetivamente malo, tiene su más profunda expresión cuando caemos en la cuenta de que nuestro inconsciente, arrogantemente, solo tiene en cuenta a aquellos que son similares a nosotros, y con los cuales podemos por tanto identificarnos. Ya lo dije antes, pero esto resulta mucho más patente cuando nos damos cuenta que hemos dejado de lado al reino animal. Por lo general, ni se nos ocurre pensar que matar animales sea malo (en realidad me pregunto si de verdad la cuestión era que matar sea algo malo, o más bien en lo que coincidimos más a menudo es en que: matar es bueno, siempre que sea de modo conveniente y controlado, en nuestro beneficio).
Imaginemos los mataderos, de los cuales nos abastecemos de suculenta carne para comer (supongamos por un momento que no somos vegetarianos jeje). Pero sinceramente, es tan arrogantemente prepotente el ser humano, que incluso en estos casos tiende a sensibilizarse con la muerte de algunos animales… ¡precisamente aquellos con los que más nos identificamos, casualmente los que más se nos parecen! O sea, los mamíferos, o animales con los que simpatizamos. Como dije antes, hay un modus operandi en nuestro subconsciente que nos hace identificarnos más con unos seres que con otros, y eso hace que nos afecte más la muerte de unos humanos (los “buenos”, los que se parecen más a nosotros) que otros, y lo mismo sucede cuando nos afecta más la muerte de unos animales que la de otros. ¡Pero a menudo somos hipócritas prepotentes! Nos autoengañamos pensando que nos importa la muerte “ajena”, el sufrimiento “ajeno”, incluido el de los animales, pero si rascamos la superficie descubrimos lo mentirosos que somos: ¡fingimos, y lo hacemos tan bien que nos autoengañamos! Fingimos con el objetivo (subconsciente, por supuesto) de sentirnos más “buenos”. Pensando: “A mí me importa el sufrimiento y la muerte de los animales, soy por lo tanto una persona sensible y buena”. ¡Cómo podemos ser tan mentirosos! Es con estas mentiras cuando nos animamos a participar en movimientos del tipo “Salvemos a los delfines”, “Salvemos a las ballenas” (que son mamíferos, por tanto es fácil sentirnos más identificados con ellos, puesto que se nos parecen más), incluso “salvemos a los reptiles” (ya no son mamíferos y por lo tanto menos personas son favorables a mover un dedo por esos seres con los que es algo más difícil que veamos similitudes y nos identifiquemos con ellos)… pero ¿dónde están los movimientos: “Salvemos a las cucarachas”? ¿O “salvemos a las arañas”? ¡Uy, no digas tonterías!, sería la respuesta de la aplastante mayoría. Y claro, tonterías son. No se puede argumentar de un modo completamente objetivo a favor ni en contra, pues la moral, así como el “bien” y el “mal”, son subjetivos. Muchas personas verían “bien” que las cucarachas que viven en su casa o cerca de su casa sean aplastadas o envenenadas. Probablemente no lo hagan ellas mismas si les da asco, pero les parecerá “bien” que lo haga otro. ¿Por qué en este caso “matar” les parece bueno? Simplemente porque les resuelve un problema. Por simple egoísmo. Sin necesidad de argumentos: “las cucarachas me dan asco y punto, ¡no podría ni dormir con ellas!”.
En realidad, debido a que nuestra identificación con insectos como las cucarachas es casi nula, nos permitimos matarlas de un modo tan implacable (en nuestro propio beneficio) que nos resultaría inconcebible algo así con las ballenas (no digamos ya con los humanos). Y esto porque las ballenas, lisa y llanamente, se parecen mucho más a nosotros (es ése el motivo). Y ya no hablemos de los humanos. Cuando un humano mata a otro con la misma “ligereza” con que matamos a las cucarachas, a eso lo llamamos un humano “psicópata”. “Un asesino de lo peor”. Nos molesta (o asusta), lo repito de nuevo, porque el muerto podríamos haber sido nosotros: nos identificamos con la víctima y nos asusta (egoístamente) que nos toque otro día a nosotros. Pero si no hay peligro con nosotros, si la muerte nos beneficia, entonces solemos verla como aceptable, y de ahí el “genocidio” de cucarachas o la popularidad de los mataderos: simplemente son muertes que nos benefician. ¡Dejemos de fingir, dejemos de autoengañarnos y reconozcamos que llamamos “malo” a aquello que podría perjudicarnos! (o que perjudica a algo con lo que somos capaces de identificarnos, y por tanto hacer la proyección psicológica de ponernos en su lugar). En el fondo llamamos “malo” a lo que nos perjudica, y por tanto cuando decimos que “matar es malo”, en realidad nos referimos a “matar es malo cuando nos perjudica”… ¡Pandilla de hipócritas somos! (El colmo de esto es que sin darnos cuenta nuestro “argumento” es circular: “matar es malo cuando me parece mal”).
He puesto el ejemplo de matar porque es el más intenso, el más claro, el que se suele usar como excusa para decir que “al menos en algo todos estamos de acuerdo, en que matar es malo”. Con mis ejemplos he tratado de ilustrar que en realidad nos autoengañamos, en lo profundo de nosotros no pensamos que matar sea malo, sino que sólo es malo cuando nos perjudica. Y eso mismo sucede con otros valores, como robar, engañar, etcétera. Solemos decirnos que robar es malo, que mentir es malo, pero en el fondo, cuando seamos completamente sinceros con nosotros mismos, vamos a descubrir que en realidad nuestra mente, subconscientemente, siente que “robar es malo cuando me perjudica”, “mentir es malo cuando me perjudica”, etc (no hablo necesariamente de perjuicios en un nivel personal, porque como dije, a veces nos identificamos con otros y proyectamos eso: nos preocupa que roben o mientan a alguien con quien somos capaces de identificarmos: ¡la persona robada o engañada podríamos ser nosotros cualquier día de estos!). Y como lo que perjudica a una persona puede beneficiar a otra, ya tenemos una clara conclusión: la moral no se sostiene en fundamentos objetivos, la moral es algo relativo y subjetivo porque cada persona tiene su punto de vista sobre lo que le beneficia (lo “bueno”) y lo que le perjudica (lo “malo”), o sobre lo que beneficia o perjudica a su grupo, familia, país o comunidad.
En realidad, aunque suene duro decirlo, la moral como dogma a seguir es un producto de nuestro egoísmo. Está enraizada en aquello que nos beneficia o perjudica (lo “bueno” o lo “malo”) en nuestros diversos niveles de identificación: lo que nos beneficia o perjudica individualmente, como familia, como comunidad, como país, como género (humano), como ser sensible, etc. Es un canto al egoísmo que suele pasarnos desapercibido precisamente por nuestra arrogancia obsesiva, nuestro egoísmo neurótico y exacerbado.
Volviendo al otro camino que mencioné antes (el de fundamentar la moral en Dios), no le dedico más espacio pues no lo requiere: fundamentar algo en lo desconocido o en lo indefinible, es fundamentarlo en lo irracional. Y si los fundamentos no son racionales, entonces no podemos decir que sean objetivos, pues no son universales ni válidos para todos. Asunto resuelto.
Conclusiones:
(Quede claro que mis conclusiones son también subjetivas):
1) La moral no es algo objetivo y universal, sino subjetivo y particular.
2) Por lo tanto no hay una única moral común a todos, sino diversas morales, potencialmente una para cada individuo, si bien en muchos aspectos coincidimos unos u otros, y en unos pocos valores coincidimos la gran mayoría. Por lo tanto, la moral común en un grupo social o nación se basa en convenciones (acuerdos) y no en hechos objetivos (en el sentido que expliqué antes, pues hay una objetividad “light” de grado menor) e incontestables. Nuestras leyes también son meras convenciones.
3) Descubrir cómo funcionamos interiormente nos hace más conscientes. Admitir la posibilidad de que algo tan apreciado para muchos como nuestra moral pueda ser algo subjetivo, nos permite indagar en cómo se originan nuestros actos, basados no en algo objetivo sino en… (esto lo tiene que descubrir uno por sí mismo).
4) Las nociones de “bien” y “mal” son relativas y cambian de persona a persona, aunque podamos coincidir en muchos aspectos. Que alguien base su creencia en “lo bueno” basándose en las leyes o en un origen divino (Dios) no cambia nada al hecho de que esa creencia sigue siendo subjetiva: no puede aportar ninguna prueba objetiva de que su moral sea mejor que la de los demás.
5) “Gnosei seauton”: conócete a ti mismo (famosa inscripción socrática en el templo de Delfos).
Un saludo a todos (puede que saludar sea un hecho moralmente “bueno” o “malo”, pero en cualquier caso es el hecho que acaba de suceder). Y sean “buenos”… (jejeje)
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15/12/2007
Carta abierta al ministro de cultura a propósito de las campañas educativas contra las descargas de Internet
Un nuevo artículo de David Bravo, éste más reciente (12 de diciembre de este año 2007, o sea, hace nada). Escribe una carta abierta al ministro de cultura de España, puntualizando varias cuestiones interesantes, sin abandonar su habitual sentido del humor. Lo copio directamente de su blog, donde se puede leer junto a los comentarios de quienes le visitan: http://www.filmica.com/david_bravo/archivos/006843.html
Copio aquí literalmente el artículo:
Carta abierta al ministro de cultura a propósito de las campañas educativas contra las descargas de Internet
Sr. Ministro:
Como nuevo encargado del Ministerio de Cultura, me gustaría hacerle algunas consideraciones a propósito de las campañas educativas y de concienciación que realizan ustedes todas las navidades sobre las maldades de las descargas de Internet.
El motivo de mi carta es pedirle que, por favor, este año no me conciencien más. La verdad es que me preocupa, como a todos, las grandes pérdidas del sector discográfico y audiovisual. El día que el director de Fedicine dijo que “se están despidiendo ejecutivos” por culpa de los piratas y que esto es “un drama muy grave”, apenas pude conciliar el sueño. No hay nada que me de más miedo que un montón de ejecutivos caminando sueltos por las calles sin nada con lo que entretenerse.
No obstante, y pese a que comparto sus razones para concienciar a la población sobre este grave problema (de verdad que no sé qué hace Amnistía Internacional que no interviene) me parece que tienen que replantearse sus medios de concienciación. Como usted bien sabe la última encuesta del CIS revela que los españoles piensan, además que sus campañas no valen para nada, que el intercambio de obras a través de Internet es algo positivo. La conclusión que ha de extraerse de esto no es que han de aumentar la presión concienciadora sino que, más bien, han de respetar que existe un punto de vista divergente que, tal vez, ha de ser debatido. La posición unilateral de sus campañas comienza a dar miedo y los términos con los que ustedes las describen inquietan bastante.
La memoria de 2006 de la Comisión Intersectorial para Actuar Contra las Actividades Vulneradoras de la Propiedad Intelectual, comisión ésta adscrita a su ministerio, manifiesta que sus campañas tienen como objetivo principal a los más jóvenes y, lo que es más preocupante, se extiende a los “centros docentes”, por lo que incluye a niños. Sepa usted que a esa edad nuestros hijos son muy impresionables y resulta fácil inculcarles cualquier mensaje, incluso si el mensaje es que es una buena idea que vuelvan las Spice Girls.
Me gustaría que mi hijo, y yo mismo, quedáramos fuera de sus planes educativos. Quisiera, si fuera posible, mantener mi particular opinión sobre los problemas que actualmente suscita el copyright y el modo de resolverlos. Me gustaría, en definitiva, no ver más anuncios de concienciación. Todos sabemos el efecto que produce la repetición del mismo mensaje de forma insistente. Es la lección número uno de la propaganda y no me extrañaría que, aunque mi postura en estos momentos es la que es, pueda que mañana, por culpa de sus reiterativas consignas, termine manifestándome con los ejecutivos desempleados para defender los intereses de la misma industria que me llama ladrón. La verdad, no me gustaría. Toda idea, por estúpida e inútil que sea, si se repite un número adecuado de veces puede convencer a cualquiera de que se trata de algo imprescindible en su vida. No hay más que recordar la moda del blandiblup, las riñoneras o las películas de los Hombres G.
No sería un error decir que sus campañas pretenden adoctrinar, sobre todo si tenemos en cuenta que ese es prácticamente su objetivo declarado. En la anteriormente referida memoria de 2006 dicen que su campaña "Defiende tu Cultura" tiene “el fin de propiciar un cambio de actitudes mediante la interiorización de ese mensaje” y, más adelante, sin pelos en la lengua, dicen que “se trata de un mensaje que debe mantenerse durante largo tiempo para que pueda ser interiorizado por los ciudadanos” y que “el Plan de medios de la campaña tenía como objetivo llegar al mayor número de personas un número de veces adecuado para que calara el mensaje”. No le miento, señor ministro, si le digo que esta retórica me asusta un poco.
Como me asustan, igualmente, sus “acciones especiales” de concienciación descritas en el mismo texto:
“Destaca asimismo un novedoso plan de comunicación que, junto a las acciones habituales en medios de comunicación (...) se abre a nuevas posibilidades de difusión de la campaña. Entre estas destacan la “guionización” en series de éxito o la presentación de programas con menciones específicas sobre el tema de la campaña, diversas propuestas para el día de la propiedad intelectual así como acciones concretas en espacios vinculados a la explotación de contenidos: bibliotecas, universidades y telecentros”.
Al parecer en la serie El Comisario, según, nuevamente, la memoria de 2006, ya se ha incluido este tipo de mensajes. Como no sé el modo en que se trató (aquél día no vi el capítulo, no sé qué andaría yo haciendo) me gustaría formularle una pregunta: ¿en las series nos avisarán al menos de que nos van a inculcar esa ideología? Estaría feo que tengan que avisar de que nos están metiendo publicidad pero que no deban hacer lo mismo cuando lo que nos están vendiendo no es un concreto producto sino la idea general de comprarlos en lugar de descargarlos de Internet y todo ello porque sus vendedores no tienen ni idea de cómo ganar dinero en el siglo XXI. Me asusta también que la época escogida para sus campañas sean las de navidades, la época por excelencia del consumo. Cualquier mal pensado podría decir que están ustedes gastando nuestro dinero en hacer publicidad gratuita de los productos de las compañías discográficas, cinematográficas y editoriales. Qué otra cosa puede pensarse si se tiene en cuenta que sus campañas emitidas a través de televisión, cine e incluso en el metro finalizaron todas, casualmente, el día 5 de Enero, víspera de reyes. Y, por si quedaba alguna duda de la intención, ustedes mismos reconocen que esas emisiones se hicieron "coincidiendo con momentos de compra de regalos".
De todas sus campañas la que más inquietud me ha producido es la llevada a cabo por CEDRO con el apoyo de su ministerio y el de Educación y Ciencia. Mi temor proviene de que se trata de un programa de adoctrinamiento directamente dirigido a profesores y alumnos. Para empezar, el nombre de la iniciativa ya mosquea. Ésta se llama “es de libro”, subrayando así que las enseñanzas que dan a los estudiantes son de puro sentido común, algo que sólo un bobo podría discutir. Sin embargo, sus opiniones no son, ni de lejos, una cuestión de lógica elemental sino que, como casi todas, resultan muy discutibles. El punto que más me ha llamado la atención (además de la sección “piensa en copyright”) es el juego dirigido a los más jóvenes que tienen ustedes en su web (www.esdelibro.es). Antes de ponerle el juego a mi hijo he decidido probarlo yo antes (ya sabe, por miedo a que tenga escenas violentas que puedan alterar su juicio y hacerle ir mañana al instituto con una recortada a cepillarse a unos cuantos compañeros). No he encontrado escenas violentas de ninguna clase, pero las ideas que inculca son muy preocupantes.
El juego es tan difícil que no he conseguido durar más de dos minutos sin perder la partida. En el primer tramo, unos agentes de aduanas defensores del copyright y que resultan ser robots (enhorabuena en este aspecto por lo que me parece un ejercicio de autocrítica) me hacen unas preguntas para ver si puedo o no pasar a la siguiente fase. Pues bien, fallé a la primera. La pregunta era: “Para ti, ¿qué es mejor: ser original o copiar las ideas de los demás?” (mis felicitaciones por dejar en la pregunta tanto lugar a los matices). Las tres respuestas posibles eran:
a.- Ser original.
b.-Copiar, que además es más cómodo.
c.- Una mezcla, tomo ideas de los demás y hago mi versión.
Yo respondí con toda sinceridad, así que elegí la opción C. No sólo porque eso sea lo que yo hago sino porque creo que en eso se basa en general toda la creación intelectual. La propiedad intelectual no protege ideas, precisamente, porque el legislador es consciente de que toda creación es una construcción social. Lo que protege la propiedad intelectual es la plasmación de una idea y no la idea en sí misma, que carece de dueño. Prefiero la opción C. Las ideas de los demás, a su vez basadas también en ideas ajenas, han de incorporarse al propio discurso para enriquecerlo y darle forma. La originalidad pura, en caso de existir, no tiene por qué ser mejor que la creación que no parte de cero sino de los pensamientos e ideas leídas o escuchadas a nuestros semejantes. La creación, necesariamente, parte de la aportación de todos y cada uno de nosotros. Por ejemplo, sus propios anuncios antipiratería no son una creación enteramente original sino que parten y se alimentan de las ideas de la industria discográfica y cinematográfica y a cuyos intereses sirve.
En definitiva, creo que el juego que proponen es demasiado complicado. Porque incluso si se refiere más que a ideas a la copia de la expresión de las mismas tampoco habrían conseguido pasar de fase ilustres personajes del mundo de la cultura. Al crítico literario Northrop Frye le habrían despedazado estos robots a la primera de cambio. Recordemos que fue él quien dijo que “únicamente puede hacerse poesía a partir de otras poesías y novelas a partir de otras novelas”. No sólo él, también habrían sido indignos de pasar su estricta aduana Shakespeare o Thomas Mann. En música también encontramos parecidos más que razonables, cuando no copias idénticas, en compositores tan poco creativos y enemigos de la cultura como Brahms o Beethoven. Los pintores también hacen de las suyas, Manet, por ejemplo, copiaba elementos de obras de Tiziano y Rafael. Y, a su vez, todos estos ejemplos yo mismo los he localizado en el libro “La estructura económica del Derecho de propiedad intelectual e industrial”. Como ve, nada nuevo bajo el sol.
Estas son mis humildes aportaciones y sugerencias para su campaña de estas navidades. Por favor, no nos torturen más diciéndonos qué debemos pensar. No es ese su cometido. Deje que sea la industria la que gaste su dinero en ese empeño como ha venido haciendo hasta ahora. Puestos a hacer campañas de concienciación, hagan una al servicio de los ciudadanos y no contra ellos. Entre las muchas opciones educativas posibles, pueden, por ejemplo, invertir algo de dinero estas navidades en concienciar a la industria de que demandar y amedrentar a sus propios clientes no es la mejor estrategia comercial posible. Pueden concienciarles de que su obsoleto modelo de negocio no es nuestro problema.
David Bravo
13/12/2007
Artículo de David Bravo
Hoy voy a copiar un artículo genial de David Bravo, haciendo un repaso general al tema de la "piratería cultural". Me gusta su punto de vista y por eso quería tenerlo reflejado en este blog. Voy a copiarlo literalmente de su blog, pero podéis leerlo directamente en su sitio original: http://www.filmica.com/david_bravo/archivos/005705.html
Hace unos días, en el blog de David Muñoz, tuve la oportunidad de leer un artículo del director Jorge Iglesias, donde se quejaba de la situación actual de las descargas de Internet. El correo muestra inquietud ante los cambios que se están produciendo en el negocio y culpa de esa crisis, imparable en su opinión, a las copias que se hacen a través de las redes P2P.
Creí oportuno escribir un correo a David Muñoz dándole mi punto de vista sobre esa situación. Aunque para muchos de vosotros no es nada nuevo, os transcribo íntegramente ese correo electrónico, que David ha decidido publicar también en su web:
"Creo que el debate está mal enfocado. La realidad es que las descargas de Internet existen y que las realizan millones de personas en todo el mundo. La realidad es, también, que dentro de muy poco tiempo (y cuando digo poco, quiero decir meses) saldrán programas que harán absolutamente imposible lo que hoy ya es muy difícil: perseguir y frenar la descarga masiva de obras intelectuales a través de Internet. Ese es el panorama actual y todos los debates que giren en torno a que está muy mal o que está muy bien no cambiarán ese hecho. La persecución legal de los usuarios, independientemente de lo deleznable que nos pueda parecer a muchos o de lo justa que sea para otros, es, y sobre eso parece que todas las partes están de acuerdo, ineficaz.
Ante esa situación sólo cabe la aceptación del momento tecnológico en el que vivimos, del uso que los ciudadanos hacen de esa tecnología y de la necesaria adaptación de la industria a esa nueva realidad que les ha tocado vivir.
Esa adaptación es tan necesaria como lo fue para los que trasportaban el hielo en vigas cuando apareció el frigorífico, como lo fue la de los conductores de coches de caballos cuando apareció el coche de motor o como lo fue la de los trabajadores de los telares manuales cuando se inventaron los telares mecánicos. La molestia y desconcierto de todos ellos ante los nuevos avances tecnológicos es tan comprensible como inútil.
La propia industria del disco nace asesinando trabajos. Antes de ella, solo podía accederse a la música oyéndola en vivo. Tan importante era este tipo de comunicación pública que en su momento era el núcleo fundamental de las leyes de Propiedad Intelectual. Nuestra ley de 10 de Enero de 1879 le dedicaba una sección de siete artículos a las obras dramáticas y musicales y el Reglamento de 3 de septiembre de 1880, que la desarrollaba, dedicaba uno de los dos títulos que lo componían a los teatros y a las obras dramático musicales.
Ese núcleo fundamental de la propiedad intelectual que era la comunicación pública en vivo, cambió cuando se popularizó el gramófono que llevaba la música de los teatros a los hogares. Probablemente, los dueños de un negocio montado sobre la base ayer firme del directo, vieron en esta industria incipiente algo muy parecido a un pirata que ponía en la calle a miles de trabajadores honrados que se dedicaban a organizar espectáculos y que ahora quedaban relegados a un segundo plano. Los negocios y los pilares mismos de la propiedad intelectual tuvieron que cambiarse por completo y adaptarse a la nueva realidad que supuso el nacimiento y consolidación de la industria discográfica.
La industria discográfica y cinematográfica lleva décadas oponiéndose a los nuevos avances tecnológicos que la obligan a cambiar su modelo de negocio tal y como ellos habían hecho con el modelo de negocio de los dueños de los teatros. El “monstruo de Internet” ha tenido muchas caras a lo largo de la historia y, para algunos, la primera de todas ellas fue la de la misma industria discográfica.
Ese monstruo ya estuvo encarnado en 1908 por un nuevo invento que consistía en un sistema de cartuchos perforados que mediante un determinado dispositivo tocaba música automáticamente. La editora musical White—Smith demandó a Apollo Co, responsable de esta nueva amenaza que acabaría con la música y que, en aquel momento, rompía las reglas del juego.
Poco después, en los años 20, los intérpretes de vaudeville iniciaron acciones legales contra Marconi por inventar otro monstruo: la radio.
En la década siguiente, los 30, se inventó la radio FM. Las