Una estafa llamada “democracia”

Políticos, los nuevos amos

 

Acabo de empezar a leer un interesante libro del periodista Francisco Rubiales. El libro, titulado “Políticos, los nuevos amos”, es una fuerte crítica al sistema político actual que tan inocentemente llamamos “democracia”. Como señala la portada, es un intento de “Rebeldía ciudadana frente a la democracia degenerada”. No puedo decir demasiado sobre este libro porque apenas acabo de empezar a leerlo, pero sí puedo afirmar ya que el tema que trata me parece interesantísimo y que tanto el prólogo de Manuel Pimentel como la presentación del propio Francisco Rubiales me han parecido breves reflexiones con el suficiente “punch” como para aportarlas, ya sea parcial o totalmente, en forma de post en mi blog. Y de ahí surge el actual posteo.

 

Copiaré el prólogo de Pimentel y la presentación de Rubiales en colores diferenciados, azul para Pimentel, rojo para el autor del libro. Empiezo por el prólogo de Manuel Pimentel. Por cierto, que me ha sorprendido el tono crítico de Pimentel, pues sólo conocía su faceta como político del PP, partido que por lo visto abandonó (debido a las discrepancias con la dirección del partido por la decisión de participar en la guerra de Irak) según he leído en Wikipedia, continuando como empresario y escritor (entre otras iniciativas creó la editorial Almuzara que es la que publica este libro). Vamos con ese prólogo:

 

“Vivimos en una democracia”, nos jactamos. “Podemos quitar y poner a nuestros gobernantes”, nos repetimos. “Somos libres”, nos consolamos. Y, después, con una plácida y mansa autocomplacencia, nos vamos de compras al hipermercado más próximo. Votamos libremente, luego somos libres. Esa es nuestra democracia, o así debería funcionar, al menos en teoría, nuestro sistema democrático, el que creemos más avanzado del planeta. Tenemos idealizada esa palabra “democracia”, cuando, en verdad, nos limitamos a depositar, cada cuatro años, una papeleta con unos nombres preelegidos por los todopoderosos partidos políticos. ¿Tan perfecta es nuestra democracia? Pues, la verdad es que no. Su ejercicio dista bastante de la perfección de su apariencia. Pero, sin embargo, muy pocos son los que se atreven a denunciar sus flagrantes pecados. Si algún crítico cuestiona alguno de sus postulados o critica algunas de sus evidentes fallas, siempre aparece el apologista de turno repitiendo las palabras atribuidas a Churchill: “La democracia es el peor de los sistemas políticos si exceptuamos a todos los demás, claro está”. Y vuelta al conformismo que nos narcotiza. Porque, en verdad, ni somos tan libres como nos creemos, ni nuestra democracia nos pemite participar. Somos meros títeres en manos de un poder que nos manipula e intimida. De ahí el extraordinario valor de este libro, que denuncia con acierto y precisión el secuestro de nuestra democracia por parte de los instalados en el engranaje del poder. (…).

El libro Políticos, los nuevos amos afronta el problema de la degradación del poder con extraordinaria valentía, claridad y profundidad. Es un libro duro, libre, alejado de lo políticamente correcto, capaz de provocar reflexiones y golpes de conciencia muy dolorosos. Después de leerlo, no nos resultará posible dudar de la profunda crisis política que atravesamos. Y es que el poder político actual ha cambiado bien poco desde los tiempos de los faraones y sátrapas de la Edad Antigua. Es un libro cargado de fuerza moral y de dinamita intelectual, con una carga explosiva suficiente para que salten por los aires el conformismo, la sumisión y la cobardía. Es un libro que nos ayuda a reconciliarnos con esa rebeldía que es el gran motor de la historia (…).

(…) Instalados en las lúgubres cloacas de la política degradada, uno descubre, por ejemplo, que los partidos políticos, ideados en democracia para que ayuden a la comunidad y estimulen la participación de los ciudadanos en la política, se han convertido hoy en el principal obstáculo para que la democracia funcione. En lugar de ser fábricas de ciudadanos, esos partidos, obsesionados por la conquista y el mantenimiento del poder y del dominio, son hoy escuelas que forman vasallos y “hooligans” de la política partidista, sin criterio propio, dispuestos siempre a aprobar lo que hagan los suyos y a condenar lo que hagan los adversarios.

(…) Que la lectura les sea provechosa.

Manuel Pimentel

 

Bien, pero lo verdaderamente interesante es lo que dice el autor, el libro en sí, del cual voy a poner parte de la presentación escrita por el propio autor, que es lo único que he leído hasta ahora y me ha gustado mucho. Ahí va esa síntesis de la presentación, de Francisco Rubiales:

 

A lo largo de mi vida, como periodista y representante de una gran agencia internacional de noticias, he residido en una docena de países y he tenido el privilegio de estar muy cerca de los centros de poder, compartiendo en ocasiones mesa y conversación con Jefes de Estado, de Gobierno y con dirigentes políticos y económicos de diferentes tendencias. Como observador privilegiado, he admirado a la mayoría de mis interlocutores, me he sentido lejos de algunos y muy pocos me han producido indiferencia. Sin embargo, he encontrado en casi todos ellos algo inquietante y sombrío, una especie de siniestro denominador común: su antidemocrática concepción del poder.

Entienden el poder de manera alterada y, muchas veces, perversa, como algo que les pertenece, como un derecho personal sin relación aparente con la voluntad popular, ni con el concepto de servicio. Debo confesar que la concepción del poder que observé en aquellos dirigentes acostumbrados a tomar decisiones siempre me escandalizó y me colocó frente a incógnitas intelectuales e ideológicas de difícil solución. Percibí siempre en ese poder el elitismo, el deseo de la permanencia, el ansia por acrecentarlo, más arrogancia que generosidad, más privilegio que entrega, y algunos extraños fantasmas como el de sentirse elegidos para la grandeza o, incluso, un sutil deseo de actuar como dioses. Nunca descubrí detrás del poder al pueblo soberano o al bien común, ni siquiera en aquellos dirigentes democráticos que debían su liderazgo al voto ciudadano.

El escándalo ante la perversión del poder pronto se transformó en indignación y, posteriormente, en decepcionante distancia y fuente de escepticismo ante la política y los grandes poderes. (…). (L)a perversión del poder se ha convertido en el mayor problema político del presente y en la principal causa de la degradación política y democrática. Un poder perverso degrada cualquier sistema de gobierno y cualquier tipo de sociedad, a quien lo detenta y a quien lo sufre sin rebeldía.

El poder ha cambiado poco desde los tiempos en que los esclavos construían pirámides en Egipto. El afán de dominio, la obsesión por perpetuarse y su perversa orientación hacia el monopolio, la corrupción y el sojuzgamiento siguen siendo sus lamentables signos de identidad. El poder político sólo ha sido capaz de cambiar sus escenarios, sus disfraces y sus argumentos, pero mantiene inalterada su esencia, su miedo endémico a los ciudadanos libres, su enemistad con la sociedad civil y su condición de ser el mayor adversario de la libertad y el mayor impedimento para el progreso.

Con estas premisas, es fácil concluir que el poder político en la actualidad no es consecuencia de los dintintos sistemas de gobierno y de organización social. Ha aprendido a disfrazarse para ser el mismo, sea cual sea el sistema.

El poder actual, incluso en las democracias más avanzadas, ha heredado demasiadas formas sustanciales del pasado, tal vez porque viejos y despreciables rasgos absolutistas y totalitarios siguen anidando en sus fibras, manteniéndose alejado de su natural centro de gravedad, que es la soberanía popular.

Está tan corrompido el concepto “poder” que necesita una urgente revisión y un cambio que lo acerque a las libertades y derechos y lo haga compatible con la democracia, de la que está a años luz de distancia. El poder político, que es el mayor de los poderes, como se ejerce hoy, es una contradicción inadmisible y un escándalo intolerable, además de ser el principal obstáculo que bloquea la anhelada regeneración de la política, del liderazgo y de una democracia que hoy está secuestrada.

Basta con echar una mirada a la vida interna de esos partidos políticos, que son la columna vertebral del sistema democrático y que forman gobierno cuando ganan las elecciones, para darse cuenta que allí rige un poder vertical, implacable, en el que unos pocos mandan y otros muchos obedecen, con élites entronizadas que son la cúspide de una tupida red clientelar, que imponen en su entorno una disciplina de hierro y que suelen sentirse por encima de la ideología, de los reglamentos y hasta de la Razón. Y cabe preguntarse entonces si un partido político, revelándose autoritario en su vida interna, puede comportarse democráticamente cuando alcanza el poder o si puede un partido de esa guisa, forjado en las orillas del totalitarismo, gestionar con garantías un gobierno realmente democrático. La respuesta es “no”.

Descubriremos en las páginas de este libro que las democracias han sido controladas por oligarquías políticas y económicas que practican un neo-despotismo democrático, sólo posible porque los ciudadanos, que debieron defender con uñas y dientes sus conquistas históricas y preservar el único sistema político que realmente les favorece, fueron cobardes y no plantaron cara a la corrupción del sistema.

(…)

Los amos del mundo han aprendido a adaptarse a cada momento histórico y a disfrazarse con los ropajes adecuados para mantener a toda costa el poder. (…) Los poderosos siempre saben trucar el escenario para el engaño. Son los mismos perros de siempre, pero con distinto collar en cada época. En el presente, se han colocado el collar de la democracia. Han aprendido que el esclavo, para ser dominado, antes debe ser engañado, y lo engañan con la retórica del “interés general”, con la trampa del “bien común”, con la exaltación de valores aparentes que, en realidad, ya están huecos, como “patria”, “solidaridad”, “libertad”, “igualdad” y “fraternidad”, mientras se ignoran otros como “sabiduría”, “justicia” y “bondad”, quizás más necesarios en este siglo, y se les engaña, sobre todo, con el “sufragio universal”, un espejismo fascinante que hace creer al ciudadano que tiene el poder de elegir a sus líderes, cuando en realidad son las élites de los partidos las que eligen y controlan a los electos.

(…) La eliminación de los políticos profesionales y de sus actuales partidos políticos son la primera medida necesaria, pero no la única. El camino de la libertad, el auténtico, pasa siempre por instaurar una sociedad de valores y por fabricar ciudadanos que sean capaces de ejercer el autogobierno y la autogestión para un gobierno cívico y colectivo en pos de bienes comunes, superando así el individualismo consumista y propietarista que se propicia desde las más altas instancias como el único y mejor ideal concebible de vida buena.

(…) (E)l debate libre ciudadano no sólo exaspera al totalitarismo, que intenta siempre impedirlo, sino que destapa los engaños, permite averiguar la verdad, libera a quienes lo practican y fabrica constantemente ciudadanos dispuestos a comprometerse, a exigir más, a ejercer su derecho al autogobierno, a la crítica y a contestar los abusos del poder. El debate cívico es la única forja conocida capaz de generar los dos productos que la humanidad necesita con más urgencia para regenerar la democracia: ciudadanía y rebeldía.

(…) La rebeldía ha sido siempre el motor de la historia, la fuerza que impulsa el progreso. La civilización no le debe nada al conformismo y al sometimiento. Sin rebeldía no hay democracia y los poderes tienden a hacerse despóticos y totalitarios. (…)

Finalmente, una advertencia a los que decidan engrosar las filas de los rebeldes: que sepan que los privilegios, premios y reconocimientos están donde está el poder, en el campo de lo “políticamente correcto”, y que en el bando resistente las compensaciones son escasas y la sensación de soledad y lejanía del poder suele ser desoladora. Los ciudadanos rebeldes que resistimos a la opresión y que luchamos por la libertad sabemos que somos la élite moral y la gran energía de la civilización, pero la sociedad nos percibirá como “donnadies”, quizás cargados de razón, pero abandonados por la fortuna.

Francisco Rubiales

Para leer más:

 

1) El libro, Políticos, los nuevos amos, de Francisco Rubiales, editorial Almuzara

 

2) El desmantelamiento de la democracia

 

3) El miedo es el motor de la sociedad

Documentales geniales de la BBC:

El poder de las pesadillas  

Domingo, 09 de Septiembre de 2007 02:06


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