El barco

Otro de mis cuentos; éste es más convencional. Ahí va:

 

El barco

 

Navegaba por las aguas de mares gigantes. Su rumbo no tenía destino, porque año tras año seguía una trayectoria más o menos circular a través de las casi infinitas aguas. En un mundo en el que apenas existía la tierra firme, se mirase hacia donde se mirase no se percibía más que el brillo de las aguas bajo el sol radiante. Muy rara vez se avistaba algún pequeño islote en la lejanía, pero cuando eso ocurría, tanto los oficiales como el propio capitán convenían en que era necesario variar la ruta para perderlo de vista cuanto antes. Al parecer, merodear más tiempo de lo debido cerca de tierra acarreaba una más que segura desgracia. El mero hecho de descubrir un islote, incluso como un minúsculo punto en la lejanía, estaba considerado como un mal augurio. No era raro que ese mismo día, o alguno de los siguientes, estallara una terrible tormenta como castigo. Sin embargo, cuando no nos topábamos con ningún islote, las tormentas tampoco faltaban. Año sí año también, teníamos lluvias casi a diario y tormentas fuertes cada cinco o diez días. Pero cada tormenta tenía su rigurosa explicación. Se decía que las peores eran las provocadas por el acercamiento a los islotes.

 

El barco era grandísimo, dentro cabía un pueblo entero. Estaba hecho de madera. No había ningún otro barco en los mares gigantes. Nosotros éramos los únicos humanos que habitaban el mundo. El capitán nos convenció de que era materialmente imposible la vida en los islotes, aunque no nos explicó el porqué.

 

Los navegantes más “veteranos” contaban que en tiempos anteriores había más barcos como el nuestro. Según los rumores, todos acabaron por desaparecer, destruidos por tremendas tormentas. Los marineros de aquellos barcos cometieron imprudencias imperdonables, como desobedecer a sus oficiales y osar acercarse a algunos islotes. Así, muchos barcos se hundieron al chocar con muros de rocas que rodeaban las islas, y otros que se alejaban a tiempo fueron absorbidos por tormentas malignas que no cesaron hasta destrozarlos por completo. No hubo supervivientes de esa época aparte de nosotros mismos, los únicos obedientes, la única civilización viva. Después de varias generaciones, nacimos nosotros. Con el paso del tiempo, sólo el barco quedó como testigo de los tiempos remotos.

 

He nombrado a los navegantes “veteranos”. La verdad es que estos navegantes eran relativamente jóvenes: los mayores tendrían unos cuarenta años. Y pronto habrían de abandonarnos, puesto que el límite de edad que se nos imponía era aproximadamente ése. Era algo obligado para evitar la superpoblación, y los navegantes lo aceptaban bastante bien: había que sacrificarse por la juventud. En ocasiones aparecía alguien con dudas (por así decirlo) y era obligado a saltar al agua, como los demás. Los tiburones, que eran infalibles, no distinguían entre voluntarios y obligados. El mar enrojecía.

 

Aparte de nosotros, en el barco existía otra clase social, de la cual nadie se quejaba (en parte porque si alguien lo hacía...). Era una minoría privilegiada formada por los oficiales, que se comportaban despóticamente con los simples navegantes. Y por encima de todos se situaba el capitán, nuestra máxima autoridad, quien por sí mismo constituía lo que podría ser una tercera clase social, la más minoritaria y afortunada.

 

El capitán tenía poder absoluto para hacer y deshacer a su antojo. Los oficiales le amaban y le temían a la vez. Yo le odiaba y le temía, como muchos otros navegantes. La desgraciada clase de los navegantes era la que mantenía con su trabajo al capitán y sus oficiales, quienes se limitaban a dar órdenes sin mover ni un solo dedo. La mayoría de los navegantes se conformaban con aquella situación, lo que a mí me irritaba. Pero no había muchas salidas. A cambio de determinados privilegios, algunos navegantes se convertían en “constructores del orden”. Molían a palos a cualquiera que se atreviera a poner en duda la conveniencia del sistema impuesto.

 

El capitán tenía algo más de cincuenta años. Él no estaba sometido a la regla del límite de edad, pues su “sabiduría” era imprescindible para el buen funcionamiento de la vida civilizada. Muchos oficiales tampoco sufrían el límite de edad, por “una gracia del capitán”. De vez en cuando algún “constructor del orden” obtenía también esa gracia.

 

El hambre nunca nos asediaba. Pero aunque los navegantes éramos los pescadores, las mejores piezas iban a parar a manos del capitán y los suyos. Así y todo, de este asunto nunca pude quejarme: nunca me faltó qué echarme a la boca. Y eso no fue bueno: como no faltaba comida, la gente se conformaba y tragaba con lo demás. Quizá con hambre hubiéramos sido capaces de hacer una revolución.

 

El capitán nos imponía cientos de reglas, las cuales debíamos cumplir si queríamos salvarnos de las tormentas que castigaban la desobediencia y el desorden. Yo respetaba las reglas más por miedo al capitán que a las tormentas. Por orden suya los ”constructores del orden” podrían lastimarme o, peor aún, entregarme a los tiburones. Siempre era más ventajoso obedecer. Siempre...

 

Una vez al año gozábamos de un “día de furia incontrolada”, en el que se nos permitía todo excepto abandonar el barco. Ese día podíamos saltar, gritar, dormir (aunque sólo un sordo lo lograría ante tanto jaleo), vaguear... e incluso pensar. Entonces éramos libres de proclamar a todos nuestras ideas, aun en el caso de que atentaran contra el sistema establecido. Naturalmente, nadie se tomaba en serio cualquier cosa dicha en ese día. Y entre grito y grito se permitían, también, insultos de toda calaña dirigidos contra quien se quisiera. Había quien se atrevía a ridiculizar el honor del capitán y de los oficiales, sin que nadie tomara represalias. Pero yo tenía dudas sobre la realidad de esta libertad de expresión, porque los insultos a los privilegiados solían ser suaves en comparación con los dedicados al resto. Al capitán se le podía llamar “barbudo glotón”, “necio”, “tirano” e incluso “ese feo, gordo y torpe imbécil que cree que tiene el mando, el muy iluso”; ni él podía tomar represalias por nada dicho ese día. Pero recuerdo algo que me mostró la realidad: un año, en el “día de furia incontrolada”, un navegante cometió el error de provocar al capitán con las siguientes palabras: “Sé a ciencia cierta que todos los hombres coinciden en que la grandeza de su pene es inversamente proporcional a la grandeza de su nariz”. Creo que hasta los tiburones rieron a carcajadas, porque a la enorme narizota del capitán sólo podía corresponderle un pene de un tamaño inferior al dedo meñique. El capitán se abochornó y se retiró a su camarote durante el resto del día. A la mañana siguiente todo iba normal, pero en la mirada del capitán advertí que algún mal tramaba. Varios días después, en navegante del “gran insulto” quebrantó una de las reglas. Estaba prohibido escupir en cubierta (y en los camarotes, y en todas partes excepto en el mar: el agua, al agua) y el viento hizo que un salivazo dirigido a las aguas fuese a parar a las botas del capitán. El castigo habitual por “escupir en lugar poco oportuno” era de veinte o treinta latigazos, dependiendo del lugar exacto de la salivación, pero ese día la condena fue, a mi juicio, desproporcionada: decapitación inmediata. Y lo peor de todo era que nadie sospechaba que pudiera tratarse de una venganza por lo sucedido el “día de furia incontrolada”. No les cabía en la cabeza que ese día pudiera acarrear problemas a quien no midiera sus palabras. No podían ni querían creer que ese día podía ser una farsa. Preferían pensar que lo sucedido se debía a que el castigo podía en justicia aumentarse debido a las circunstancias colindantes. Y en efecto, un día más tarde el capitán hizo pública una nueva regla según la cual se prohibía expresamente “pisar, ensuciar, escupir o incomodar a las botas del capitán”.

 

Las mujeres no estaban bien vistas en nuestro mundo. Sus principales funciones eran proporcionar placer a los altos mandos y fabricar mocosos. También eran usadas como cuida-mocosos, limpiadoras y cocineras. En cuanto resultaban poco útiles, se las lanzaba a los tiburones, corriendo el mismo destino que los cuarentones, los inválidos y los desobedientes.

 

Los navegantes no teníamos acceso a cierta zona del barco, donde se hallaban los camarotes del capitán y los oficiales, un salón de reunión para los altos mandos y varias habitaciones secretas. En una ocasión un oficial nos contó que una de esas habitaciones estaba repleta de madera. Entonces a un navegante se le ocurrió que podíamos hacer un pequeño barco para explorar los islotes que encontráramos en el futuro, y así saber realmente si era o no posible tomar tierra. A muchos les atraía la idea, aunque pocos estaban dispuestos a arriesgarse con un pequeño barquito, por temor a las tormentas castigadoras y a los demonios de las aguas. Aún así aparecieron cinco valientes dispuestos a probar fortuna. Pero cuando pidieron permiso para tomar madera y construir el barquito, el capitán se enfureció. Lo tomó como una especie de motín e hizo decapitar a los cinco voluntarios, así como al oficial que había desvelado el contenido de la habitación de la madera. Tras esto, el capitán nos dijo que salir del barco era imposible y que quien lo hiciera se encontraría con las tormentas y la muerte. Y nos advirtió que todos debíamos vigilar para que nadie lo intentara, pues un solo navegante podría atraer la desgracia para todos. Nos explicó que si un desobediente construía un barquito y abandonaba el hogar, moriría. Y no sólo moriría él, sino que nos pondría en peligro a los demás, porque las tormentas nos castigarían por habérselo permitido. Una vez que supimos esto, ya no tuvimos más ganas de pensar en alejarnos de nuestro seguro refugio.

 

Desde lo anterior transcurrieron dos lentos años en los que no sentí más que tristeza y resignación. El capitán se volvía más severo cada día que pasaba. Las torturas sin un motivo claro se sucedían día tras día. Ni siquiera los oficiales podían sentirse a salvo de los caprichos del capitán, quien estaba perdiendo la cabeza, aparentemente. Pero nadie era capaz de hacer nada. El capitán se había convertido en un mito, y pocos sabrían qué hacer si ese mito se derrumbara. Así, navegantes y oficiales, que tanto se odiaban, tenían algo en común: su absoluta lealtad al capitán. Eran como niños que, aun recibiendo palizas del padre, no pueden ni desean separarse de él.

 

Ocurrió un día que un navegante se volvió loco y, dejando la faena, se puso a gritar con todas sus fuerzas que quería irse del barco. El capitán rió, se le acercó y se detuvo a hablar con él. El navegante dijo que no soportaba más la vida que llevaba en el barco, y solicitó un poco de madera para hacer una pequeña plataforma flotante. El capitán se negó a colaborar y le respondió que su idea era ridícula, pues le conduciría a una muerte segura. Y el navegante, desesperado, se arrojó a los mares gritando que prefería los tiburones antes que a la lenta muerte que le aguardaba en el barco. Los tiburones le agradecieron la idea. Su muerte me impactó.

 

Se desbordaron sobre mí tres o cuatro meses y alcancé la idea de que la vida del barco no tenía ningún sentido. Quería escapar, pero eso no era posible. Quería comunicar a alguien mi desesperación, pero eso atraería un terrible final para mí. Tuve que callar durante algún tiempo. Y mientras tanto pensaba si no sería mejor arrojarme a los tiburones y poner fin a mis sufrimientos.

 

Por fin llegó el “día de furia incontrolada”. Lo aproveché para hablar de mi obsesión por abandonar el barco y los navegantes reían mi supuesta broma. Todos excepto dos cocineros, quienes me aconsejaron que dejara de hablar de ese tema si no quería verme envuelto en problemas. Acepté su sugerencia, así como su invitación a reunirnos durante la noche, en uno de sus camarotes y conversar sin temor a ser escuchados por malos oídos. En ese momento intuí que tenía dos compañeros. Dos únicos compañeros.

 

De noche, salí nervioso de mi camarote y me encaminé silenciosamente por el pasillo. Sólo me alivié cuando conseguí entrar sin ser visto en el camarote donde me esperaban mis dos compañeros. Ellos me saludaron y señalaron a una cortina que había al fondo. Cuando miré al otro lado, quedé sorprendido. No comprendía lo que estaba viendo. Parecía un sueño.

 

Había un diminuto bote con remos. En él cabía un hombre con comodidad, e incluso dos si estaban dispuestos a soportar el malestar de tener que llevar las piernas encogidas. Me dijeron que al ser tan pequeño no había sido difícil ocultarlo, y que sería sencillo trasladarlo a cubierta cuando tuvieran que utilizarlo. Aún no estaba totalmente terminado, pero sólo faltaban pequeños detalles. En pocos días podrían partir. Y yo, sinceramente, les confesé que no creía que algo tan pequeño fuese capaz de soportar el más mínimo peso y flotar. Ellos tampoco sabían si el bote resistiría, pero se arriesgarían.

 

Me extrañó que hubiesen obtenido el permiso para trabajar con madera. La verdad era que el capitán no sabía nada. Me contaron que un día les dio por equivocación la llave de la habitación de la madera, en vez de la llave de la despensa, lo que aprovecharon para hacer una copia. El azar les había favorecido.

 

El barco estuvo terminado unos pocos días después. No tuvieron paciencia para esperar: en cuanto llegara la noche, escaparían. Cuando casi todos dormían, yo me reuní con ellos en su camarote. Me enseñaron el bote y me pareció perfecto, completamente acabado. Me alegraba por ellos. Yo estaba tan inquieto como ellos, pues temía que algo les saliera mal.

 

Como de costumbre, esa noche la vigilancia estaba muy atenuada. Unos veinte “constructores del orden” permanecían despiertos; muy pocos, si tomamos en cuenta el gran tamaño del barco. Nosotros sabíamos que era poco probable que nos descubrieran, pero eso no nos tranquilizaba. Tras comprobar que no había ningún vigilante en las cercanías, trasladamos el bote a cubierta. Ellos me dieron la llave de la habitación de la madera y me animaron a intentar escapar en el futuro. Tomé la llave, agradecido, y les deseé suerte.

 

Estaba lloviendo desde hacía horas, pero eso no les frenó. Además, muchas noches llovía y eso no significaba que fuera a estallar una gran tormenta. Con cuerdas, bajaron el bote hasta el agua. Entonces oímos gritos. ¡Nos habían descubierto! Escuché el ruido de cientos de pisotones que se nos acercaban. Quedé abrumado por el peligro y escapé a toda prisa. Trepé a la parte más alta del barco y me escondí allí, desde donde presencié toda la escena. Cuando llegaron los “constructores del orden” mis dos compañeros ya habían conseguido bajar al bote y remaban sin descanso. Temí que se hundieran en las aguas, pero sorprendentemente el bote resistía la prueba; eso fue una gran lección para mí. El contento me invadía porque por momentos lograban la escapada, pero ocurrió lo peor: un cuchillo alcanzó en la nuca al cocinero que remaba en la parte posterior del bote. Herido o muerto, cayó al agua para más nunca aparecer. Al cocinero vivo le buscaban más cuchillos, pero supo evitarlos. En segundos vi que había salvado el peligro.

 

Un “constructor del orden” gritó que había una tercera persona escondida en alguna parte. Se pusieron a buscarme. No me encontraron porque fui lo suficientemente hábil como para colarme en mi camarote sin ser visto. Me eché a la cama y quedé quieto a oscuras. Unos segundos y escuché un trueno. Luego otros. Habíamos enganchado una peligrosa tormenta. Me preocupé por mi compañero escapado en su pequeña barquita. Nunca llegué a saber si sobrevivió a aquella tormenta.

 

La tempestad nos asedió durante varios días seguidos. Muchos creyeron en las palabras del capitán de que era nuestro merecido castigo por fracasar en impedir el intento de fuga de los dos cocineros. A los dos se les dio por muertos, tragados por las aguas de la tormenta.

 

El capitán quería saber quién era la tercera persona rebelde y se le ocurrió que los “constructores del orden” nos interrogaran a todos. Tuve miedo de que mis palabras no resultaran convincentes y me descubrieran. Finalmente no tuve que declarar porque, sorprendentemente para mí, un tipo confesó ser el revolucionario que buscaban. Así me vi libre del asunto.

 

Durante un tiempo no me atreví a hacer nada. Me comportaba como los demás; la rabia me abrasaba por dentro. Odiaba sin límites a los oficiales y a los “constructores del orden”, mucho más que al capitán. Los navegantes me daban pena, y a veces también les odiaba.

 

Llegó el día en el que ya no pude resistir más. Quería huir y vivir mi propia vida, no la vida que me sugería el capitán. Descubrí que el capitán era –como los demás- un esclavo, sólo que el esclavo de más rango. Era esclavo de sus creencias y de sus supersticiones, heredadas del capitán anterior a él, ya fallecido. En ocasiones era esclavo de sus propias reglas.

 

Cuando quise ponerme manos a la obra me llevé un chasco, porque habían cambiado la cerradura de cuarto de la madera. Sin embargo no me rendí. Estaba lo suficientemente loco como para arriesgarme a cualquier cosa. Mediante una serie de engaños conseguí acercarme al lugar donde se encontraba la llave y pude hacer una copia. Devuelta la original respiré tranquilo: nadie la había echado en falta.

 

Tomando como modelo el bote de los cocineros, bien impreso en mi memoria, me propuse construir uno parecido, aunque un poquito más pequeño todavía. Me costó mucho tiempo y algunos contratiempos. Tras sucesivos esfuerzos y más de un susto, lo logré. Y nadie había advertido mi secreto. Soñé con mi libertad.

 

Al contrario que los cocineros, yo no quise precipitarme. Me contendría hasta encontrar una noche apropiada, con pocos riesgos de tormenta. En mi obsesión por asegurar el éxito quise esperar a una noche que no lloviera, lo cual me retrasó algo más de una semana, pues no me fiaba ni de las débiles lloviznas.

 

La noche de la fuga cayó sobre mí y el corazón no me dejaba en paz. Tenía prisas, y al mismo tiempo una terrible obsesión por esperar unos minutos más encerrado en mi camarote, con un gran miedo a que el plan fallara. Hubiera deseado que todo cuanto iba a ocurrir transcurriera en cuatro o cinco segundos, para bien o para mal. Quería conocer mi destino cuanto antes, tanto si iba a ser libre como si moría en el intento. Pero también tenía miedo, y eso me paralizaba.

 

Salí de mi camarote, sin el bote, y tras comprobar que no había nadie cerca subí a cubierta. Todo parecía tranquilo. No vi cerca de ningún “constructor del orden”. Miré al agua y me sentí atraído por ella. Sentí una sacudida en todo mi cuerpo. Algo me decía que ése era el momento: ahora o nunca. Bajé como un rayo a mi camarote, tomé el bote y salí aprisa con él, golpeando sin querer el marco de la puerta. Naturalmente no me detuve a averiguar si alguien me había oído. Me lancé a la escalera y tropecé, haciendo más ruido al golpear el bote en los escalones. Agobiado, llegué a cubierta. Todavía tuve tiempo de enredarme con la cuerda que usé para bajar el bote al agua; en cuanto a los remos, poco faltó para que los perdiera. Cuando bajé al bote, solté la cuerda y remé con todas mis energías, con cada gota de mi sangre. No sentí ningún cuchillo en mi espalda. No oí a nadie. Me pregunto si nadie notó mi ausencia hasta la mañana siguiente, a pesar de mi escandalosa escapada. Yo, por mi parte, remé hasta perder el conocimiento.

 

Cuando desperté, horas o días después, descubrí lo que solamente puede ser visto por los exploradores solitarios.

 

FIN.

Domingo, 12 de Agosto de 2007 15:01


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