Pederastia: Tabú del siglo XXI

Copio un texto interesante ke he encontrado en internet (el link de donde lo leí lo pongo abajo del artículo):

Pederastia: Tabú del siglo XXI.

En los últimos años se ha desatado una fuerte campaña internacional contra la pederastia, una campaña cuyas características recuerdan mucho a la guerra contra las drogas. Me ha parecido interesante analizar la forma en que se combate actualmente esta antigua tendencia sexual, ya que parece que el modelo empleado para perseguir las drogas, con todos sus defectos y limitaciones, se va trasladando a cualquier terreno en el que se mezclen placer y delito.

Vistos los desastrosos resultados de las políticas anti-droga, parece razonable reconsiderar la forma en que, llevados por el rigor moral, se combaten ciertas “desviaciones” sexuales como la pedofilia o pederastia, no sea que el remedio acabe siendo peor que la enfermedad.

Antes de empezar, quiero aclarar que mi actitud ante la pederastia es muy distinta de la que mantengo hacia el consumo de drogas. Las drogas son sustancias inanimadas y creo que un adulto debe tener derecho ilimitado a usarlas como crea conveniente, con la única condición de que su consumo no suponga daño o perjuicio claro y directo para otras personas. En el caso del sexo entre adultos, el límite a la libertad propia sería la libertad ajena, es decir, que toda práctica sexual sería lícita mientras haya consentimiento mutuo y libremente otorgado, lo que implica que no haya amenaza, extorsión, violencia, etc. Cuando hablamos de pederastia la cosa se complica más, puesto que al entrar en juego menores de edad y, por tanto, con menor capacidad de decisión que un adulto, existen límites que no se pueden sobrepasar en ningún caso.

Normalmente no habría considerado necesario dar las explicaciones precedentes, pero a raíz de un artículo anterior sobre este tema, algunas personas llegaron a la conclusión errónea de que yo defiendo algo así como la legalización o normalización de la pederastia. Y visto cómo se han puesto las cosas en los últimos tiempos, prefiero por si acaso dejar las cosas claras desde el principio: No condeno la pedofilia mientras se manifieste como simple atracción o se mantenga dentro de ciertos límites razonables, pero considero que hay ciertos comportamientos pederastas totalmente inaceptables que deben ser perseguidos y castigados por la ley. Por tanto, no pretendo justificar nada ni a nadie. Mi pretensión es separar las conductas realmente dañinas de las que no lo son, plantear dudas razonables acerca de la eficacia y proporcionalidad de ciertas medidas represivas encaminadas a perseguir a los y las pederastas, y rechazar ciertas ideas simplistas basadas en la moral tradicional que condenan como perversa o desviada por principio cualquier conducta que se salga de los límites estrechos de una moral sexual propia de los tiempos de la Inquisición.

Pederastia y pedofilia

La palabra pederastia proviene del griego παιδεραστα, siendo resultado de la unión de las palabras paidós (niño) y erastés (amante). Un o una pederasta (suelen ser más hombres que mujeres) sería alguien que mantiene relaciones sexuales con púberes y, sobre todo, prepúberes (es decir, adolescentes y niños, respectivamente). En Grecia, la palabra se usaba para referirse a cierto tipo de relaciones homosexuales entre adultos y jóvenes que en parte eran maestro-pupilo y en parte amantes. Con el tiempo, el concepto ha ido adquiriendo connotaciones más negativas, siendo asimilado al abuso o corrupción de menores. En el diccionario de la Real Academia, pederastia se define como “abuso sexual cometido con niños”. También se considera sinónimo de “sodomía”, algo erróneo puesto que la pederastia no solo se relaciona con la homosexualidad y el sexo anal, confusión debida sin duda al origen de la palabra.

Por otra parte tenemos la palabra pedofilia o paidofilia, cuyo origen es mucho más moderno, ya que fue inventada en el siglo XIX por el psiquiatra alemán Richard von Krafft-Ebing, el mismo que creó los términos masoquismo o fetichismo, entre otros muchos. La pedofilia designa, no la realización de actos sexuales, sino solo la tendencia o deseo sexual hacia niños y/o adolescentes, que no tiene porqué ser llevada a la práctica. La Real Academia no ha incluido este término en su diccionario hasta tan tarde como el año 2001, definiéndolo como “atracción erótica o sexual que una persona adulta siente hacia niños o adolescentes”.

De manera que por una parte tenemos la tendencia o deseo, la pedofilia, y por otra las prácticas, o pederastia. Como vemos, se trata de dos conceptos totalmente diferentes, a pesar de lo cual la mayoría de las veces ambas palabras se usan como sinónimos en las informaciones periodísticas sobre el tema. Estaría bien fomentar esta distinción, ya que así evitaríamos que en la confusión se criminalice a pedófilos pasivos que no han hecho daño a nadie. Al fin y al cabo, cualquiera puede entender la diferencia entre fantasear con atracar un banco y atracarlo de verdad a punta de pistola. Uno de los grandes peligros de las actuales campañas es que la confusión entre deseo, relación y agresión está llevando a poner bajo sospecha a un grupo de personas (cuyas dimensiones desconozco y dudo que existan datos fiables al respecto) que en muchos casos lleva muy mal su condición sexual y es consciente de que sus fantasías son irrealizables, castigándoles por lo que hacen quienes sí cruzan la línea.

De la antigüedad clásica al siglo XXI

El hecho de que la pederastia tenga carta de naturaleza, como mínimo, desde la Grecia clásica, indica que se trata de una forma de sexualidad muy antigua, aunque su consideración social ha cambiado mucho desde aquellos tiempos. Hasta hace relativamente poco, en todas las culturas era la pubertad, determinada en el caso de las niñas por la menstruación, la que marcaba el paso a la edad adulta con todas o casi todas sus consecuencias, incluidas la sexualidad y la procreación, que hasta la invención de los anticonceptivos estaban estrechamente unidas. De forma que también es bastante moderna la idea de que pueda ser incorrecto o hasta delictivo tener relaciones sexuales con alguien que ya ha llegado a la madurez sexual y puede ser padre o madre.

Todavía hoy, el Código Penal español establece en trece años la edad de consentimiento, de forma que alguien de esa edad puede tener relaciones sexuales a condición de que sus tutores legales lo autoricen, condición que ya no es necesaria a partir de los 16 años. En muchos países todavía es normal que se casen adolescentes y que se empiece a tener hijos desde muy temprano, y en el estado español también ha sido así hasta hace poco. Por poner un ejemplo famoso, Leonor Izquierdo, la esposa de Antonio Machado, solo tenía 14 años cuando se casó con el poeta, que casi le triplicaba la edad. De manera que aún hoy hay ciertas formas de pederastia –entendida en sentido estricto- que son legales. Otra cosa son las relaciones con niños por debajo de los 12 años, algo que ha venido siendo tabú en todas las culturas. Aquí la tolerancia social y legal es prácticamente cero.

¿Inquisición 2006?

De unos años a esta parte, la pederastia viene siendo objeto de especial atención informativa, se han endurecido los castigos contra la misma en muchos países y se han creado nuevos mecanismos para combatirla, habiendo más policías que nunca dedicados a su persecución, que ahora se hace a escala internacional. Desde luego, en principio parece loable que se dedique esfuerzo a evitar daños a los niños y niñas, pero la manera en que se están haciendo las cosas hace que tanta bondad resulte un tanto sospechosa. Y no me refiero solo al hecho de que, puestos a proteger a la infancia, hay unas cuantas cosas que los gobiernos del mundo podrían hacer y no hacen, sino a la manera en que la pederastia se ha convertido en un fenómeno eminentemente policial, judicial y mediático, objeto de una represión con frecuencia desproporcionada, y de un tratamiento informativo alarmista y poco riguroso.

Un ejemplo bastante claro de cómo se ha desquiciado el tema represivo lo tenemos en un caso reciente ocurrido en la Ribera de Navarra. Un padre acudió al puesto de la Guardia Civil con su hija de 17 años porque cuatro años antes, la chica se sacó tres fotos a sí misma desnuda y las envió por e-mail a un compañero de estudios. El caso es que las fotos han acabado años después siendo objeto de intercambio entre varios internautas e incluso acabaron colgadas en alguna página web. A consecuencia de la denuncia del padre de la menor, se llevó a cabo una operación policial que supuso la detención de 42 personas en 40 provincias españolas y Andorra y la imputación de otras 120.

Durante la operación (que se anunció en los medios con titulares tan alarmantes -y poco rigurosos- como “Desarticulada una red de pornografía infantil por internet”), se han registrado 54 domicilios y han intervenido nada menos que 360 especialistas informáticos de la Guardia Civil. Los imputados pueden ser castigados con penas de prisión de entre tres meses y un año por la simple tenencia de las fotos, penas que pueden llegar hasta los 8 años de cárcel en el caso de fotos de menores de 13 años, discapacitados, etc. Las dudas que plantea este caso son muchas. Para empezar, ¿se puede considerar a estas alturas “pornografía” la simple exhibición de un cuerpo desnudo? Si respondemos que sí, también serían pornográficas y delictivas, por ejemplo, las playas nudistas, donde se ven niños y adolescentes desnudos con normalidad, y hasta el álbum de fotos de vacaciones de las familias que van allí. Si el simple desnudo vuelve a ser objeto de delito, habrá mucha gente que mandar a la cárcel. Por otra parte, la chavala tenía 13 años cuando se hizo las fotos, es decir, tenía ya edad legal de consentimiento, así que tampoco se puede hablar de nada “infantil”. De hecho, las fotos se las hizo ella misma, decidió ella solita mandárselas a un chico, y muy tonta no debe ser cuando sabe manejar una cámara digital y un servidor de e-mail. Así que no hay violencia, engaño, asalto, ni nada parecido. Lo único que ha sufrido daño es el pudor de una chiquilla atolondrada pillada con el culo al aire y el orgullo de un padre que deja en manos de sus hijos cacharros de última tecnología sin asegurarse antes de que no vayan a hacer el gilipollas. Por otra parte, nadie parece haber intentado hacer negocio con las fotos, que se han usado más bien para intercambio en plan cromos.

Visto así, ¿no parece un poco excesivo espiar las comunicaciones privadas de alguien, husmear durante meses en sus archivos personales, entrar en su casa, ponerla patas arriba, llevárselo detenido y castigarlo luego con la cárcel, además del escarnio ante la familia y el vecindario, por el simple hecho de poseer esas fotos, cuyo origen no tiene porqué conocer? Si a las lolitas de la Ribera les da por enseñarles las tetas vía internet a sus compañeros de clase, ¿han de ser perseguidos como mafiosos internacionales unos cuantos viciosillos que han cometido el error de quedarse una copia, en estos tiempos en que muchas adolescentes van por el mundo con una vestimenta que hace veinte años no se habrían atrevido a llevar muchas putas? Además ¿quién demuestra que los acusados conocían la edad de la chica?

Otra duda razonable se refiere a la proporcionalidad del operativo policial.

¿El honor herido de una chavala imprudente justifica nada menos que 360 técnicos informáticos de la Benemérita, siete meses de trabajo, decenas de registros en casas privadas y detenciones a troche y moche? ¿Cuánto nos ha costado a los contribuyentes esta brillante hazaña policial difundida a bombo y platillo? ¿Cuánto hay de verdadera lucha contra el delito y cuánto de propaganda policial para tapar otras carencias de los cuerpos policiales? ¿O sería el padre primo de algún VIP?

Por otra parte, 360 técnicos informáticos son muchos técnicos. ¿Cuántos hay en total? ¿Quién les controla? ¿Hay que pedir mandamiento judicial para entrar en el ordenador de alguien por la puerta de atrás igual que para pincharle el teléfono? Visto que en alguna noticia sobre pornografía infantil he leído que “se detectó a los acusados en el curso de un control rutinario en la red”, la cosa da un poco de miedo. Cientos de agentes provistos de las más modernas técnicas de espionaje telemático pululan por la red instalando controles invisibles y entrando en nuestros ordenadores a la caza… ¿de qué? Porque quien es capaz de localizar a distancia una simple foto en las tripas de un ordenador personal es capaz de encontrar cualquier cosa. Y no parece que haya demasiados controles para esta nueva generación de tele-policías. Es más, malpensado como soy, tengo la sospecha de que la pornografía infantil, junto con el terrorismo islamista, es la excusa perfecta que han encontrado los estrategas policiales para que vayamos viendo como algo normal y hasta tranquilizador la existencia de este tipo de espionaje electrónico.

¿Un tabú para el tercer milenio?

Como sucede en el caso de las drogas, contra la pederastia no solo existe una prohibición legal sino también un tabú moral. Como en todo tabú, el pudor obliga a callar cosas, ocultar imágenes, hablar en susurros o con eufemismos.

En definitiva el tabú hace más oscuro y, por tanto, más difícilmente entendible y opinable, un fenómeno de gran trascendencia social. Por ejemplo, en el caso de la Ribera, las cosas cambian mucho según qué se vea en la foto, la postura, la actitud o acciones de la chica, etc. Pero, por supuesto, en ninguna parte veremos esa foto para poder saber de qué hablamos, ya que sería una incongruencia.

De forma que la justeza o no del castigo de estas conductas ha de debatirse socialmente de oídas y con pocos datos. Así que el criterio que determinará finalmente qué se castiga y qué no, y con qué gravedad, serán los principios morales de los profesionales autorizados a violar el tabú y, por tanto, a tener todos los elementos de juicio en su mano: Policías, médicos –sobre todo psiquiatras- y jueces. Como vemos, se trata de los mismos que en el caso de la prohibición de drogas, solo que en este caso con más poder aún, al tratarse de un tabú más fuerte. Y es que ni en el caso de los asesinatos más escalofriantes suele haber tanta información reservada.

Desde las instituciones y algunos medios de comunicación se está –consciente o inconscientemente- fomentando este tabú y generando alarma social. El lenguaje alarmista y exagerado de muchas informaciones, el revoltijo que hace parecer iguales al asesino de niños y al pajillero que se encierra en casa, y la magnificación de hechos aislados sucedidos en distintos países hasta conseguir que parezcan habituales y hasta interconectados, hacen que el miedo y la confusión crezcan hasta niveles absurdos. En una escuela donde trabajé, algunas profesoras propusieron que no aparecieran las típicas fotos de grupo de cada clase en la página web del cole “para no dar ideas a los pederastas”.

No conseguí que me explicaran exactamente de qué tenían miedo. Algún dato dramático extraído de alguna información sobre el tema debió llevarles a ver violadores de niños por doquier.

Por si no teníamos bastantes cruzadas…

El miedo inconcreto pero omnipresente, la resistencia a entrar en detalles, el pudor o el asco, son síntomas de que la pederastia es un tabú cultural fuerte, ahora en plena fase de mundialización. Este tabú, reelaborado para adaptarlo a los nuevos tiempos de internet y el tercer entorno, sirve de soporte para una especie de cruzada moral y legal que también se está traduciendo en una globalización legal y policial. Las policías también están creando sus redes internacionales, intercambian archivos y hacen con frecuencia las mismas cosas que aquellos a los que persiguen. El posible papel de la pederastia en ese proceso de creación de nuevas estructuras policiales telemáticas, y de nuevas normas y mecanismos de control social, no debería ser desdeñado en este debate. Al fin y al cabo, a la hora de maquinar para adquirir más poder y prerrogativas, los pilotos de avión no son los únicos ni los más veteranos. Lejos de aprender las lecciones de la guerra contra las drogas, parece que la pederastia se está convirtiendo en excusa para dar una vuelta de tuerca más en el acelerado proceso de pérdida de libertades y garantías de derechos que vivimos en los últimos años a medida que el modelo estadounidense de control se va extendiendo por el mundo. Algunos de los cambios en el concepto legal de intimidad, libertad o seguridad que se están produciendo a raíz de fenómenos como el terrorismo, el tráfico de drogas, la emigración ilegal o la pederastia van a influir en nuestras vidas de tal manera que deberíamos poder debatir en sociedad estas cuestiones y tomar decisiones democráticas al respecto. Visto como van las cosas, todo indica que vamos en dirección contraria. Malas perspectivas para la libertad de los amantes de efebos y ninfas, sí, pero también para la del resto. Ojalá me equivoque.

Martín Barriuso. Militante de Zutik.

 

link: http://www.zutik.org/info/iritziak/sexualidad/tabuXXI

Viernes, 10 de Agosto de 2007 00:45


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